Sala de Lectura

Amar al Paciente: el valor del afecto
en el vínculo terapéutico

   El Terapeuta que no se escondía

      No trata a la gente de “usted”. Tampoco tiene una actitud distante, psiquiátrica, aséptica: sonríe sin exageración, buscando con su mirada la mirada ansiosa del recién llegado. Él sabe que no es fácil tener el coraje de empezar a hacer terapia y contarle cosas íntimas a un desconocido.

      No hay diván. Sólo un par de sillones de mimbre, de austeridad monacal, y unos almohadones en el suelo que vuelven el ambiente cálido, acogedor. Ambos nos sentamos sobre la alfombra, de igual a igual, sin el salvaguardante escritorio de por medio que muchos terapeutas suelen usar para expresar espacialmente: “Yo de este lado, -persona sana que sabe-, y Ud. de aquél lado –paciente neurótico que no sabe-“.

      Sí: no es fácil contar cosas íntimas a alguien desconocido. Porque es difícil no imaginar que ése que nos escucha, aunque sea terapeuta, no nos esté evaluando con mirada de juez (un juez tan riguroso como el que uno mismo lleva adentro). Pero no. Sus ojos, que miran de frente y directo a los ojos de quien le está revelando su mundo interno, parecen limpios. Es una mirada bondadosa, aceptante. ¿Quizás mirando esa mirada uno pueda ir aprendiendo un nuevo modo de mirarse a sí mismo?


      También resulta curioso que su rostro no permanezca impertérrito, como el del terapeuta anterior, cuya mirada inescrutable no revelaba emoción alguna: en un momento y en otro, lo que va escuchando le curva los labios, le humedece los ojos, le ciñe el entrecejo... Está vivo. Sensiblemente vivo, sin tratar de disimularlo.

      Y aunque es difícil contar cosas íntimas a un desconocido, a cada encuentro éste se va volviendo menos desconocido: no se está ante un inexpresivo retrato de insondables reacciones, un ser que solamente nos da a conocer su nombre y un esbozo de su currículum. A medida que va escuchando, no solamente nos ayuda con preguntas y con descripciones de cómo ve nuestra construcción del mundo, sino que cada tanto nos comparte algo de su mundo interno: rasgos de su personalidad, anécdotas y situaciones que ilustran su modo de ser, su propia manera de superar dificultades similares a las nuestras. Nos convida su imperfección, y su empeñoso trabajo sobre sí mismo, sostenido ante las distintas circunstancias de su vida. Late, vibra, sufre, goza, igual que quien, por el momento, es dado en llamarse “su paciente”.

      También uno puede confiar en que si hay algo que esté dificultando nuestra comunicación, nos lo hará saber: se puede contar con su sinceridad, y con que cualquier interferencia que esté obstaculizando la honestidad del vínculo será explicitada y puesta sobre el tapete, para que sea resuelta. Al ejercer esa capacidad de comunicación íntegra en este vínculo que da en llamarse “vínculo terapéutico”, uno va aprendiendo a querer para con el resto de sus vínculos ese sabor de lo sano, de lo sincero, de lo que no usa máscaras: con su pareja, con sus amigos, con su familia... Cuando se descubre ese gusto por lo auténtico, uno ya no quiere el sabor rancio de las comunicaciones basadas en nuestros patrones de defensa y en la escucha incompleta, juzgativa, insincera o sincera a medias...

      Cada encuentro tiene su propio clima: el supuesto inicial de que hacer terapia es “revolver basura” va mudando hacia la percepción de que uno puede hacer contacto con su dolor, su enojo, su angustia, pero aprendiendo a entrar y salir de ese lugar interno, a saber que no se es solamente esa circunstancia vital, sino que lo que uno es en Esencia, puede ESTAR viviendo eso, pero ES mucho más que eso que está viviendo circunstancialmente. Uno va aprendiendo a desapegarse del dolor y de las falsas imágenes que tiene de sí mismo y de su entorno, para ir reorganizando su realidad interna más objetivamente, otorgando al sufrimiento del pasado y del presente un sentido más amplio, de fortalecimiento y de desarrollo.


      En ese proceso, a veces hay miedo, a veces enojo, a veces angustia. Y muchas de esas veces, más que la palabra, el acto terapéutico por excelencia resulta ser la actitud compasiva, una mano en el hombro, un abrazo oportuno, un contacto cálido y respetuoso (tan severamente proscripto en los antiguos modelos de psicoterapia).

      Y con frecuencia, en medio de los sentimientos dolorosos, también hay humor, ese humor que es propio del ir despegando de las propias corazas, esas cáscaras que nos impiden ser quienes verdaderamente somos. Y es ese humor, en vez del llanto, el que traspasa las paredes del consultorio en dos risas francas y frescas. Risas que resuelven. Risas que reordenan. Risas que le vuelven a dar a las cosas su justa dimensión.


      Así, a medida que los encuentros transcurren, ya no son más dos desconocidos. Los dos van sabiéndose mutuamente. Los dos van elaborando un código en común para entenderse. Y los dos van desarrollando un cierto tipo de afecto, un afecto peculiar, más allá de los afectos transferenciales y contratransferenciales de los que nos habla el viejo modelo de la Psicología: se trata del afecto recíproco de dos seres humanos que se reconocen el uno al otro como seres en proceso de crecimiento, comprometidos en trabajar sobre sí mismos y en sacarle el jugo a la vida, cada uno librando sus propias batallas, cada uno transitando su propia travesía. El trabajo del otro, el esfuerzo del otro, genera afecto. Una clase de afecto que tiene algo de sagrado, algo de trascendente, algo de Transpersonal.



   Sobre el afecto terapéutico

      La Psicoterapia está cambiando. Desde el encuadre estructurado, ritualísticamente previsible, con un terapeuta de imagen distante e impersonal, ha ido emergiendo, sobre todo a partir de la década del ’60, un nuevo modelo de trabajo: cada vez es mayor el número de terapeutas que encuentran que la psicoterapia más eficaz es aquélla en la cual el vínculo terapéutico es por sobre todo un vínculo humano, en el cual el que ayuda no es un desconocido inescrutable, sino alguien esencialmente vivo, participativamente sensible.

      Este modelo vincular, propio del abordaje Humanista y Transpersonal, implica por parte del terapeuta una cualidad de apertura, una disponibilidad para compartir con su paciente no solamente sus conocimientos, sino particularmente lo que él es: su mirada de la vida, sus emociones, sus estrategias para ir trabajando con sus propias dificultades personales. Para ello, el terapeuta parte de la premisa de que para que un vínculo terapéutico sea realmente de ayuda, debe implicar un proceso de transformación no solamente en el paciente, sino también en el terapeuta: desde una actitud de trabajo sobre sí, cada paciente es una invitación a mirarse por dentro, a confrontar con la propia estructura interna, a superar las propias dificultades. Este tipo de vínculo, entonces, requerirá de una honda vibración existencial, tanto por parte del paciente como del terapeuta. Carl Rogers, uno de los padres de la Psicología Humanista, decía: “Cuanto mayor sea la autenticidad del terapeuta en la relación con su cliente, sin disfraces profesionales ni personales, mayor será la probabilidad de que este último cambie y crezca de un modo constructivo. Esto significa que el terapeuta se abra al conjunto de sentimientos y actitudes que fluyan en su interior en un momento dado. El término “transparente” captura el sabor de dicha condición; el terapeuta se hace transparente ante el cliente; el cliente puede ver claramente lo que el terapeuta es en la relación; el cliente no experimenta retención alguna por parte del terapeuta.” (1)

      La aséptica Psicología clásica conmina a que el terapeuta conserve una distancia hermética e impecable para con su paciente, siendo su propio mundo interno algo totalmente desconocido para el otro, inexpugnable. Así, supuestamente, el paciente podrá proyectar en él sus propios contenidos inconscientes, los cuales serán minuciosamente analizados e interpretados. De ahí el sinnúmero de situaciones que los pacientes relatan sobre exterapeutas que no les dirigían la palabra fuera de la sesión, ni siquiera en el ascensor del consultorio, “para no romper el encuadre”, o bien que contestaban a cualquier “impertinente” pregunta por parte del paciente con un higiénico “Y a Ud. qué le parece?”

      El esquema de terapia en el cual solamente participa el intelecto del terapeuta está poco a poco quedando atrás en el tiempo. Un proceso de cambio profundo requiere que el terapeuta participe como ser humano completo en el trabajo emprendido con el otro.

      Cuando compartimos seminarios de Psicología Humanísta-Transpersonal, es frecuente que terapeutas formados en la vieja escuela, pero cuya naturaleza es más abiertamente sensible, expresen su alivio por encontrar un marco que avale su estilo interno: empático, cálido, humano. Y si bien esto implica una mayor exposición por parte del terapeuta ante su paciente, esa apertura será regulada, como en todo vínculo, por la inteligencia de ambos, poniendo límites claros y reglas de comunicación sanas, que serán un entrenamiento óptimo para incorporar en otros vínculos personales.

      Años atrás, trabajando con un grupo de terapeutas en un seminario sobre Tanatología (el cuidado del paciente terminal y de su familia), una psicóloga formada bajo el encuadre psicoanalítico trajo la anécdota de que su supervisora la había cuestionado por tomarle la mano a una paciente en su lecho de muerte, y, con ello, haber “roto el encuadre”. Al conocer las características de la mirada Humanista, esta terapeuta experimentó un sentimiento de libertad, de estar perteneciendo, sin saberlo, a un grupo de terapeutas que, en todo el mundo, están investigando qué lugar ocupa en sus trabajos el afecto, el aprecio hacia el paciente, y la expresión de ese afecto. Muchas veces un gesto, un abrazo oportunos son parte irremplazable del proceso de comunicación terapeuta-paciente. El contacto físico con el paciente, por supuesto, es un tema delicado al que debe prestársele particular atención: ¿cuándo consolar un llanto con una mano en el hombro? ¿Cuándo dar un abrazo a quien está pasando con mucho esfuerzo un momento difícil? La respuesta es, como para cada asunto de la vida, a partir del sentido común. En todo caso, esto no es distinto del criterio a seguir para con cualquier otro vínculo: conocer la medida y la ocasión requiere alertidad e inteligencia.

      La disposición a tomar el vínculo terapéutico como una oportunidad de desarrollo mutuo, implica correrse del lugar de mirarlo todo con ojos de experto. El otro es un misterio, para sí mismo, y para uno. Permanecer abierto ante la realidad del paciente sin etiquetarlo desde las categorías de la Psicopatología, permite que el otro se vaya abriendo prescindiendo del temor a eso que, más que un diagnóstico, muchas veces no es otra cosa que una actitud juzgativa por parte del terapeuta. Bien difícil es para el paciente ubicarse ante un terapeuta que interpretará invariablemente cada uno de sus actos u omisiones como expresiones de mecanismos neuróticos. Es equivalente a sentirse observado como si se fuera un sospechoso, y esto no favorece en lo más mínimo la comunicación fluida y genuina. Tal como una vez nos lo dijera una paciente: “En mi terapia anterior nunca encontré el modo de llegar a la hora apropiada: si llegaba temprano significaba que era ansiosa, si llegaba tarde, que era pasivo-agresiva, y si llegaba puntual, que actuaba obsesivamente!”

      En este punto, quisieramos volver a citar a Rogers: “Esto significa que el terapeuta percibe con precisión los sentimientos e intenciones que el cliente experimenta, y le hace partícipe de su comprensión. [...] Este modo sensible y activo de escuchar es sumamente excepcional en nuestras vidas. Creemos que escuchamos, pero raramente lo hacemos con auténtica comprensión. Sin embargo, esta forma especial de escuchar constituye una de las fuerzas de cambio más potentes que conocemos. Cómo produce el cambio el clima descrito? En breve, cuando las personas son aceptadas y apreciadas, tienden a desarrollar una actitud de mayor cariño hacia sí mismas. [...] Y de ese modo la persona pasa a ser más real, más auténtica. Hay mayor libertad para ser una persona real y total.” (1)

      Amar al paciente, ir desarrollando hacia él cierto tipo de afecto, es indispensable para que el proceso de ayuda pueda ser efectivo. Sentir aprecio por ese ser humano que, como uno mismo, lucha, busca, intenta, cae y vuelve a empezar. Podríamos animarnos a enunciar casi como un postulado: “Si no aprecias a tu paciente, si finalmente no puedes desarrollar por él ese cierto tipo de afecto, es tiempo de considerar la necesidad de derivarlo a otro terapeuta.” Y si esto sucede con todos los pacientes, quizás sea oportuno entonces considerar la posibilidad de dedicarse a otra cosa.



   El terapeuta y su actitud

      El enfoque Humanista pone su foco de atención en ayudar al pacien te a que despliegue todo su potencial, a que se apoye en sus partes más sanas no solamente para dejar de ser neurótico, sino básicamente para ser un ser humano completo. El enfoque Transpersonal agrega a esta mirada la validación de las motivaciones trascendentes del ser humano, su búsqueda espiritual, su anhelo de hacer de su vida un Camino de evolución, tal como lo señalan las Tradiciones de Sabiduría de distintos tiempos y culturas. Así, en este enfoque el terapeuta es como un partero, asistiendo al otro en el delicado proceso de dar a luz a su verdadero Sí Mismo.

      ¿Cuáles son las cualidades que necesita desplegar un terapeuta que elija este marco de trabajo? Veamos alguna de ellas:

      Propiciar un encuadre flexible, pero nítido en sus características, con límites cálidos pero firmes, que posibiliten fluidez en la comunicación. Estos límites cálidos pero firmes serán indispensables para que la calidez no redunde en una comunicación viciada por maniobras inconscientes de seducción, complacencia o manipulación que, de no ser advertidas y trabajadas, desvirtuarían la sanidad del vínculo.

      Desarrollar una actitud empática sin obsecuencia, compasiva sin condescendencia, permitiéndose entrar en resonancia con el mundo interno de su paciente sin perderse a sí mismo en él.

      Estar comprometido con el propio camino evolutivo, trabajando en lo cotidiano sobre si mismo, más allá de la formación intelectual. Ningún prestigio curricular puede reemplazar el empeño que el terapeuta ponga día a día en verse a sí mismo con la mayor objetividad posible, en sus debilidades y fortalezas, por encima de toda teoría. El nivel de conciencia del terapeuta, más allá de sus conocimientos teóricos, es como una “conciencia prestada” que éste le ofrece a su paciente, en tanto el paciente mismo va desarrollando la suya propia.

      Esto requerirá de un continuo examen respecto de los propios mecanismos internos, de los propios valores y creencias. Es prácticamente imposible acompañar a otro en un territorio al cual jamás se ha ido por sí mismo. En este sentido, la validación de la búsqueda de lo Trascendente que pueda motivar al paciente dependerá de la propia exploración que el terapeuta vaya habilitando para sí.
      Tener disposición para promover la autenticidad en el vínculo, chequeando qué le pasa al paciente en la interrelación, y dando a conocer qué le sucede a sí mismo con el paciente. El estar atento a que la relación sea honesta y sin imaginarios no constatados, posibilita ir desguazando las pautas comunicacionales neuróticas defensivas que el paciente esgrima habitualmente para ser aceptado y/o para diferenciarse de su entorno.

      Estar dispuesto a abrir zonas internas propias, dándose a conocer a su paciente tal como se es. Al decir de John Welwood, “Mucho se ha escrito sobre cómo superar las resistencias del cliente a hacer terapia, pero todavía queda mucho por decir sobre cómo superar las resistencias del terapeuta a abrirse.” (2)

      Una actitud aceptativa que pueda servir de espejo para que el paciente pueda verse a sí mismo sin juzgarse, y así logre ir dándose cuenta de cada pieza de su estructura psicológica. Esta actitud aceptativa sólo puede darse genuinamente si el terapeuta está entrenado en tenerla para consigo mismo, si va desarrollando en su propio sistema psíquico la capacidad de dar cabida a todo lo que se despliega en su interior, sin excepción. Al decir del tibetano contemporáneo Chögyam Trungpa: “El primer paso es que nosotros mismos lleguemos a ser seres humanos genuinos. Luego podremos ayudar a los demás creando el clima apropiado para su curación. [...] No se trata de descubrir técnicas que puedan curar a la gente para que puedas desembarazarte pronto de ellas, sino de aprender a aceptarlas realmente como parte de una buena sociedad humana. Es importante que el terapeuta cree una atmósfera en el que las personas se sientan bienvenidas. Ésa es la actitud que debe impregnar el ambiente.”
      Asumir el espacio terapéutico como un ámbito de aprendizaje mutuo, en el cual el conocimiento no está solamente del lado del profesional, sino que también es patrimonio del paciente mismo. Una psicoterapia enfocada de esta manera se convierte en un ámbito pedagógico, en el cual dos son los maestros y dos los alumnos.

      Propiciar en el paciente la auto-observación en la vida cotidiana, para poder trabajar con material psicológico vivo, y no solamente con un conjunto de anécdotas biográficas, o de teorías intelectuales que el paciente o el terapeuta hayan elaborado. El darse cuenta es la herramienta principal de un proceso terapéutico de esta naturaleza, y cualquier atención que se preste al pasado sólo tiene sentido en tanto y en cuanto se haga hincapié en el aquí y ahora, el presente, con todo su potencial de nuevas elecciones y de redireccionamiento de los procesos vitales.
      Entrenarse en el arte de prestar atención desde una actitud meditativa (en el sentido Oriental del término, esto es, observante sin intención intelectual). En incontables ocasiones la capacitación que todo terapeuta tiene para moverse entre diagnósticos y esquemas del aparato psíquico, más que un apoyo termina resultando un estorbo a la hora de ejercer el arte de escuchar (sin etiquetar, sin calificar, sin clasificar). Esta modalidad de escucha tiene su antecedente en la habilidad que el terapeuta haya desarrollado para escucharse a sí mismo de igual manera: sin juzgarse, sin interferir con sus propios procesos. Cada vez son más los terapeutas que buscan encontrar en sí mismos esta actitud a través de la meditación, reconociendo que ese enjambre de razonamientos con frecuencia se vuelve un artificio que produce una evitación del contacto humano entre terapeuta y paciente.

      En palabras de Diane Shainberg: “En la medida en que el terapeuta siga pensando durante la sesión, estará intentando eludir su problema interno. Quiere ayudar pero no sabe cómo hacerlo. El hecho es que con todo ese ruido interno queda muy poco espacio para escuchar al paciente. El zumbido incesante de sus pensamientos no le permite estar abierto al paciente.” O, en la descripción de una sesión de supervisión a cargo de esta misma psiquiatra transpersonal: “No parecía tener mucho más que decir. Se había establecido momentáneamente un tipo de contacto en el que la división entre terapeuta y paciente había desaparecido, en el que dos personas podían estar juntas en la incertidumbre más allá de teorías, etiquetas, imágenes y juicios. El terapeuta estaba comenzando a vislumbrar lo que sucedía entre él mismo y su paciente, más allá de sus ideas sobre el funcionamiento de la terapia. Comenzaba a ser consciente de sus propios pensamientos y sentimientos que creaban el ambiente de trabajo. Podía comenzar a saber quién era realmente el paciente, permitirle ser y ofrecerle un entorno curativo. El terapeuta me dijo que esa experiencia le había impresionado mucho y que estaba muy interesado en conocer a su paciente. Por primera vez quería descubrir quién era en realidad su paciente. En mi opinión, ésta es la actitud más adecuada para que el paciente esté dispuesto a compartir sus pensamientos y sus sentimientos con el terapeuta.” (2)

      Intervenir terapéuticamente desde un rol de facilitador, estimulando en el paciente la autorresponsabilidad, la capacidad de hacerse cargo de sus decisiones, de su historia, de sus rasgos internos, y de los talentos no asumidos o por desarrollar. En ese sentido, el terapeuta parte de la base de investigar el historial de salud del paciente, ayudándole a confiar en sus aspectos más sanos, a fin de que pueda ir tomando decisiones en su vida desde esas partes de sí mismo. Al respecto, nos señala Frances Vaughan, reconocida psicoterapeuta americana: “Un contexto transpersnal capacita a la persona para conectar con sus propios recursos internos, en vez de ofrecerle maneras de ver, soluciones u objetivos predeterminados. El terapeuta parte aquí del supuesto de que, si se le da la oportunidad, la sabiduría interior del organismo aflorará como una fuerza integradora y curativa en la cual el cliente puede confiar. Aprender a reconocer esos impulsos internos hacia la integridad y la trascendencia y a confiar en ellos es parte del proceso.” (3)
      Una actitud que estimule al paciente para encontrar un significado existencial en sus pruebas vitales, validando toda búsqueda espiritual sana. En este sentido, es fundamental tratar de ejercer el discernimiento entre la verdadera búsqueda de lo Trascendente y los mecanismos neuróticos de “fuga hacia la Luz”, con los cuales se pretende reemplazar las carencias personales con una pseudo-espiritualidad basada en la fantasía. La espiritualidad madura necesita apoyarse en un ego sano, bien constituido, que pueda ser trascendido, no evitado. Requiere de un ordenamiento de todos los contenidos internos básicos, que serán los cimientos sobre los cuales pueda consolidarse cualquier desarrollo genuinamente espiritual. Así, parte de la tarea del terapeuta será ayudar al paciente inclinado hacia lo Trascendente a reconocer y sostener esas metamotivaciones, aunque ocupándose intensamente de disolver los grumos personales que puedan obstaculizar la plena expresión de lo Esencial. En este sentido, aún en los legendarios monasterios, las disciplinas de desarrollo espiritual suelen estar precedidas de prácticas que permiten un saneamiento psicológico profundo, paso previo indispensable para una espiritualidad no neurótica. Así, la psicoterapia no solamente no está contrapuesta a la Búsqueda Trascendente, sino que debiera ser su antesala natural, parte indispensable del verdadero Camino.

      En síntesis, desde esta mirada estamos enfocando el proceso terapéutico como algo mucho más rico que la superación de síntomas y la supuesta cura de lo neurótico. Nos estamos refiriendo a un encuentro entre dos personas que buscan trascender sus propias limitaciones para ir siendo seres humanos más potentes, más plenos. El cambio de la Humanidad empieza de uno en uno. Cada uno de nosotros es responsable de la nota que emita en esta gran partitura que ejecuta la Humanidad. La psicoterapia es, en suma, un modo concreto de afinar nuestro instrumento y aprender a sacar de él los mejores sonidos. Y puede serlo para ambos, esos dos humanos que, compartiendo sus Caminos, transitoriamente dan en llamarse recíprocamente “paciente” y “terapeuta”.

(1) “El camino del ser”, de Carl Rogers. Editorial Troquel, Buenos Aires, 1989.

(2) “Psicoterapia y salud en Oriente/Occidente”, compilación editada por John Welwood. Editorial Kairós, Barcelona, 1990.

(3) “Más allá del Ego: textos de Psicologia Transpersonal”. Compilación de Roger Walsh y Frances Vaughan. Editorial Kairós, Barcelona, 1987.

 
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