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Sala de Lectura
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La reconciliación
consigo mismo
en las Psicologías de Oriente y Occidente |
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El
proceso de individuación: llegar a ser uno mismo:
Los seres humanos somos como un gran rompecabezas psicológico:
distintas partes internas en pugna tironean desde
nuestra interioridad, produciendo tensiones, fricción,
contradicciones, incoherencias, conflicto, y, con ello, síntomas
de todo tipo: ansiedad, angustia, depresión, inseguridad,
dolores físicos...
Cuando estamos internamente
divididos e incoherentes,
nuestra vida se va volviendo tortuosa: una parte nuestra quiere
determinada cosa, otra nos la sabotea; tomamos decisiones desde
lugares internos poco conscientes, y esas decisiones quizás
signen largos años de nuestra vida, a expensas de otras
partes nuestras más sanas... Conocer a fondo nuestro
psiquismo fragmentado es una tarea de toda la vida, y la Psicología,
a lo largo de la historia de la humanidad, ha ido trazando caminos
para que, al recorrerlos, podamos, como Osiris en el mito, ir
juntando nuestros propios pedazos.
Las milenarias Psicologías
de Oriente (contenidas en las tradiciones del Taoísmo,
el Hinduísmo, el Budismo y otras) instan a trabajar sobre
sí mismo para trascender la yoidad. Pero muchos trabajos
preliminares de estas enseñanzas apuntan a lo mismo que
las actuales Psicologías de Occidente: a que uno pueda
conocer palmo a palmo su estructura
psíquica, e integrar lo escindido. En términos
del Budismo, a establecer maitri, -que podría
traducirse como amistad incondicional consigo mismo-.
Y es que no se puede trascender lo que no se conoce, lo que
no está sólidamente constituido.
En la Psicología
Transpersonal se utilizan distintas herramientas para autoobservarse
y llegar a establecer un buen vínculo con aquello
que se es. En términos de Jung (pionero de
la Psicología del Espíritu), podemos decir que
se busca estimular el proceso de individuación,
que implica desplegar lo más profundo de sí, para
que se manifieste en todo su potencial. Esto implica llegar
a ser un individuo: alguien
que no está dividido. En el lenguaje coloquial también
hacemos alusión a esta cualidad: respecto de alguien
excepcional, decimos que se trata de una persona íntegra,
o de una sola pieza.
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Qué
es, en concreto, lo que hay que integrar dentro de sí?
Permítannos citar sólo algunos ejemplos de nuestros
aspectos escindidos que suelen tironearnos en penosa
fricción interna:
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En
principio, tal como lo señala la Filosofía Perenne
(reuniendo las sabidurías de distintos tiempos y culturas
de la humanidad), somos esencia y personalidad. Nuestra esencia
es aquello que éramos aún antes de nacer, nuestro
self, el verdadero Sí Mismo. Nuestra personalidad, en
cambio, se adquiere en el roce con la vida: es, básicamente,
condicionamiento, como la programación de una máquina
que rara vez responde al impulso de aquella naturaleza esencial.
Como dice Ken Wilber, se produce la represión del Atman:
eso Sagrado que nos anima, que es una porción de la Vida,
queda subyugado a la prisión de una personalidad que
no le permite expresarse. Esta fricción interna es causa
de mucho dolor psicológico, derivado de la sensación
de no ser fiel al Sí Mismo, de estar traicionando lo
que nuestro ser necesita expresar.
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Otros
tres aspectos en los que solemos estar divididos son nuestros
tres pisos básicos (intelecto, emoción y cuerpo)
dado que, con frecuencia, pensamos distinto de cómo sentimos,
y actuamos también en contradicción con ello.
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Nuestras
distintas suberpsonalidades están entre las escisiones
internas más evidentes, puesto que la personalidad humana
está dividida en distintos yoes, muy diferentes entre
sí, cada uno con su necesidad, con su impulso, con su
dificultad: dentro nuestro conviven partes niñas y adultas,
partes egoístas y generosas; partes agresivas y compasivas...
Es como una multitud de personajes psicológicos, que
muchas veces acaparan el escenario de nuestra vida, sin el consentimiento
de nuestra real naturaleza.
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También
como seres humanos estamos llamados a integrar dentro nuestro
los aspectos del sexo opuesto que anidan en lo íntimo
de toda estructura psíquica: lo femenino en el varón,
lo masculino en la mujer. En los vínculos de afecto tendemos
a proyectar estos arquetipos internos, tratando de integrar
nuestro opuesto a través de las relaciones de pareja.
Sin embargo, esta integración, para que sea plena, debería
ser sobre todo intrapsíquica, no sólo externa.
Si interiormente estamos peleados con nuestras propias partes
masculinas (o femeninas), difícil será que los
vínculos extrapsíquicos sean armónicos
y satisfactorios. Tener dentro de sí estas partes en
pugna acarrean sensación de incompletud y dificultades
relacionales marcadamente detectables.
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Un
conflicto interno universal es el que se establece entre nuestra
persona y nuestra sombra, esas dos caras de nuestra identidad
psíquica. Ambos términos nacen también
de la Psicología Junguiana, haciendo alusión a
una escisión fundamental. La persona es la máscara
social, aquellos de nuestros aspectos que están a la
vista, tanto para nosotros mismos como para los demás.
La sombra, en cambio, es el conjunto de rasgos psicológicos
reprimidos, que no están a la vista; aquéllas
partes de sí que rechazamos, que nos avergüenzan
y que, por ende, ocultamos tanto para con los demás como
ante la propia apercepción. Hacer conscientes los aspectos
sombríos es un trabajo transformador y profundo, que
posibilita ir teniendo mayor contacto con la realidad interna
y externa, sin engañarnos con nuestras proyecciones y
trampas psicológicas.
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Esta
lista podría seguir (lo consciente y lo inconsciente,
lo personal, prepersonal y transpersonal, la razón y
la intuición, etc., etc.) Pero, por ahora, detengámonos
aquí para reflexionar juntos: de qué manera tenemos
conscientes estas partes internas propias? Les hemos prestado
atención? Nos asusta verlas? Ha ido esto evolucionando
en nosotros a través de los años?
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El
afecto hacia sí mismo: Brevemente queremos señalar
un último punto: las personas con las que nos ligamos
van y vienen a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, hay una,
y sólo una, con la que convivimos desde el inicio hasta
el final de nuestros días. Obviamente, esa persona es
uno mismo. Y no hay peor carencia que no tenerse a sí
mismo. Es posible entablar una amistad para con ese ser humano
que a veces puede resultarnos tan extraño como si se
tratara de otro? Es viable apuntar a elaborar el maitri, esa
amistad incondicional consigo mismo de la que nos
hablan en Oriente?
Difícilmente
esto acontezca en forma espontánea: generalmente requiere
de un fino quehacer cotidiano para verse tal cual se es, sin
justificarse y sin autocondolerse. Carl Rogers, uno de los padres
de la Psicología Humanista, decía: La paradoja
es que recién cuando me acepto tal cual soy, sólo
entonces puedo cambiar. Esto es tan profundo que les invitamos
a que lo mantengan dentro, para que les acompañe. Qué
misterio encierra este concepto? Qué será aceptarse
tal cual se es? Qué hacer con aquellas partes de
sí mismo que uno rechaza, que uno preferiría no
tener?
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