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Sala de Lectura
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“Visión Transpersonal”:
Columna en la revista “Uno Mismo” (Septiembre 2006)
El Ego en la búsqueda de lo Sagrado
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Si investigamos en distintas disciplinas de autoconocimiento de Oriente, veremos que se alude al Ego como el principal obstáculo en el Camino. Es nuestra identidad terrestre, y, al serlo, funciona a partir de premisas instintivas: necesidad de predominar, apego al territorio, impulso por sobrevivir (cualquiera sea la estrategia que tenga que implementar para ello). Se enuncia entonces que no es posible “habitar el reino de lo sutil” en tanto se funcione egoicamente. Se nos habla de aniquilar al Ego para que lo esencial viva. Pero... cuidado!! Más sanamente la Psicología Transpersonal nos dice que hay que trabajar sobre sí mismo para trascender el Ego. Pero que para trascenderlo... hay que desarrollarlo.
Esta cuestión del Ego suele ser de las más malentendidas, y ese malentendido es el que más neurosis produce en quienes se inclinan hacia una búsqueda interna. Veamos algunos fundamentos de este enunciado:
La intención de aniquilar el Ego (tal como se enuncia sobre todo en algunos antiguos textos, muchos de ellos inclusive mal traducidos) es, en el Occidente de hoy, sumamente peligrosa. Aún desde la buena intención de “dejar lugar para lo Sagrado”, invariablemente esta premisa deriva en que la persona en verdad desarrolle un verdadero odio hacia sí misma (desprecio, autodesconfianza, vergüenza de sí). Difícilmente pueda llegarse a una evolución consciente a partir del automaltrato. Y todo terapeuta que trabaje desde una mirada abierta seguramente coincidirá en ver entre sus pacientes consecuencias psicológicas nefastas derivadas de esta actitud.
Cuando hablamos, en cambio, de que el ego debe ser trascendido, estamos enunciando como base que primero deberá estar bien constituido, pues... no se puede trascender lo que no se tiene! Como se dice en el Zen: “Para llegar a ser nadie, primero hay que llegar a ser alguien”. (Ser “nadie”, en este caso, significaría ser Uno con el Todo, pero habiendo primero pasado por la etapa personal, consolidando nuestra propia individualidad. Sin ella, la resultante es la neurosis, o aún la psicosis...)
En este punto es necesario subrayar un fenómeno muy importante, que clínicamente se conoce como inflación del Ego: la persona cree haber trascendido sus impulsos egoicos, pero, sin embargo, está atrapado en ellos sin que logre darse cuenta. Como decía Jung, “No puedes ver a un león que te ha comido”. ¿La consecuencia? Sentirse “sublime”, “angelical”, un “canal de lo Superior”... El mundo de lo espiritual y el de lo imaginario están muy cerca: ambos existen, pero cada uno está en el lado opuesto del filo de la navaja. ¿El peligro? Confundir a otros y, sin advertirlo, seguir por el sendero equivocado creyendo que es el Camino. En la Psicología del Budismo se enuncia que una de las últimas estrategias del Ego es disfrazarse de Sí Mismo. Y eso sí que será un problema: ¿cómo querer ir a donde se cree que ya se ha llegado? Volveremos a este tema, para verlo más en profundidad. Hasta entonces!
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“Visión Transpersonal”:
Columna en la revista “Uno Mismo” (Octubre 2006)
Sobre ser sensible y “no encajar en el mundo”
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Quienes buscan comprender para qué nacieron, quienes cultivan valores esenciales, quienes mantienen la conciencia abierta a las Grandes Preguntas... Esas personas suelen tener en común una dificultad interna bien precisa: la de sentir que no encajan en el mundo. Y con frecuencia no sólo lo sienten, sino que es verdad: como Juan Salvador Gaviota, al querer compartir su anhelo de Volar son expelidos por la bandada (criticados, incomprendidos, burlados, excluidos...). Y, aunque alguien así apunte a ejercer lo mejor de sí, no es raro que sienta que el hecho de “ser diferente” indica que “está fallado”. Este conjunto de características conforman lo que llamo, desde el enfoque de la Psicología Transpersonal, Complejo de Inadecuación Esencial.
Se definiría como el sentimiento de la persona que, teniendo un nivel de conciencia más desarrollado que la mayoría, no puede asumirlo como tal, sino que lo vive íntimamente como si esto fuera un defecto. Se siente no encajar cuando todos parecen estar cómodos; se ve incomunicado en donde todos parecen comunicarse con códigos que no logra aprehender; se encuentra buscando los porqués profundos en donde todos transitan livianas superficialidades. Y padece su condición como si fuera un estigma, aunque secretamente puede que sepa que no tiene un defecto, sino un don: el de ser capaz de una visión más amplia, una conciencia más integral, en un mundo regido por las apariencias. (Esto no quita que, debido a su complejidad, pueda padecer diversos síntomas neuróticos que deban ser tratados terapéuticamente. Pero si el terapeuta en cuestión no ve el contexto interno en que estos síntomas se dan... estará perdido.)
Las Tradiciones de Sabiduría de distintos tiempos y culturas han descripto al ser humano común como alguien “dormido”: circula como hipnotizado, viendo una realidad sumamente distorsionada por su subjetividad condicionada. Quien se libera de esos velos sería, por el contrario, un individuo Despierto (tal es lo que significa la palabra “Buda” o “Cristo”). Obviamente, si se tratase de un gráfico en pirámide, el primer grupo formaría, en su base, el grueso de la Humanidad, en tanto que serían escasísimos los que han llegado a la cúspide de esa pirámide (Iluminación). Y quien padece de Inadecuación Esencial podría decirse que está “despegado” de la base de la pirámide, pero aún lejos de la cima: ni dormido, ni Despierto. Como dirían los sufis, “sentado entre dos sillas” (posición incómoda si las hay...).
Los distintos complejos tienen raíz en diversos aspectos del Inconsciente. Podríamos decir que el Complejo de Inadecuación Esencial tiene su origen en el Sí Mismo: el individuo no ha perdido contacto con su Esencia más sutil (tal como sí le ocurre a la mayoría de las personas), pero aún no puede integrarla a su identidad total. Tendrá que realizar un profundo trabajo sobre sí mismo, comprendiendo la real dinámica de su psiquismo y, a partir de ello, tejer vínculos con personas íntimamente afines: encontrar su verdadera Bandada (la de aquellos que también anhelan explorar el Cielo, sobre todo para recordar su real Origen). Encajar en el mundo a su propio modo: esencialmente.
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“Visión Transpersonal”:
Columna en la revista “Uno Mismo” (Noviembre 2006)
por la Lic. Virginia Gawel
Crisis: Convirtiendo en Génesis el Apocalipsis
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Toda crisis profunda puede ser definida como un Apocalipsis personal: las estructuras que nos sostenían se derrumban, lo que parecía ordenado entra en caos, y se trastoca todo el universo conocido. Confusión, ansiedad, pesadumbre, desesperanza... Cuando estamos sumergidos en un período crítico nos parece que siempre será así. Sin embargo, las crisis están llamadas a ser una situación de tránsito, por largo que éste nos parezca. Son como un túnel oscuro que nuestra ruta atraviesa: cuando estamos en el inicio o en la mitad, aún no vemos el orificio de salida, y nos parece que durará para siempre. Nos vemos obligados a avanzar en la oscuridad, para no quedarnos varados en ella.
Éste es el Apocalipsis personal. Sin embargo, es un Apocalipsis peculiar, pues tiene en su propia naturaleza la posibilidad de convertirse en un Génesis. “Génesis” como el origen de un nuevo orden, de una manera diferente de organizar nuestra identidad, con la posibilidad de que esta vez lo hagamos en base a los elementos más esenciales de nuestra naturaleza.
Ya sea que las crisis advengan por una ruptura de nuestro entorno (pérdida de seres queridos, quiebre económico, cesantía laboral...) o bien por el emerger de un proceso interno que finalmente se manifiesta en toda su virulencia, las crisis implican una rasgadura en nuestros mecanismos internos más consolidados. Y por esas hendijas generalmente se cuelan desde nuestro Inconsciente elementos psicológicos que no teníamos elaborados, vinculados con nuestras más antiguas heridas. Esto va a requerir de un hondo trabajo personal: discernir el pasado respecto del presente, y poner a jugar la crisis a favor, para poder extraer de ella un aprendizaje evolutivo. El psiquiatra transpersonal italiano Roberto Assagioli lo dijo de un modo muy claro: “Aprender a colaborar con lo inevitable”. O, en el decir de la Psicología del Yoga, estar atento al impulso de dvesa (rechazo), pues en la medida en que nos resistimos a lo que es, rechazándolo, lo que hacemos es generar más caos, más sufrimiento. Sin embargo, la aceptación generalmente adviene cuando ya nos hemos cansado de forcejear con la vida; a partir de allí tenemos dos opciones: o nos damos por vencidos, entregándonos a la derrota, o bien nos ubicamos con mayor inteligencia ante los hechos consumados, disponiéndonos a ver lo que no veíamos, a asumir lo que nos duele, a hacer un inventario de los recursos verdaderos con que contamos, para, a partir de ellos, dar fuerza al Génesis.
Lo curioso es que, en el ser humano, el Génesis no siempre es después del Apocalipsis, sino que puede darse mientras tanto éste sucede: algo muere, y algo se está preparando para nacer. Estar atentos a aquello que está queriendo ser puede implicar el encuentro con otro Sentido para nuestra vida, aún después de las situaciones más adversas. Quizás sea verdad que, como lo dicen distintas Tradiciones, hemos elegido las distintas circunstancias difíciles que luego nos toca atravesar. Sea así o no, como lo dijera Víctor Frankl, cuando nada externo puede ser cambiado, siempre hay algo que se puede cambiar: nuestra actitud. Sólo así podemos convertir en Génesis el Apocalipsis, y volvernos un poco menos necios... o un poco más sabios.
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“Visión Transpersonal”:
Columna en la revista “Uno Mismo” (Marzo 2007)
por la Lic. Virginia Gawel
El “otro” Inconsciente y su propia inteligencia
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Cuando en conferencias propongo al público que asocien palabras con el concepto de “inconsciente”, invariablemente aparecen algunas como “conflictos”, “complejos”, “traumas”, “mandatos”, “lo reprimido”... Y es verdad que todo ello abarca una zona del inconsciente humano. Pero es sólo eso: una zona; también es cierto que existe “otro Inconsciente” (que preferiría nominar así, con mayúscula), del cual rara vez se escucha hablar todavía en las universidades de Sudamérica.
La Psicología Transpersonal nos dice que ese Inconsciente tiene por núcleo nuestra verdadera identidad: nuestra esencia, nuestro Sí Mismo (como diría Jung)... aquello que éramos aún antes de nacer, y que seguiremos siendo aún después de morir. Ese Inconsciente tiene una sabiduría no-aprendida: puesto que es una porción del Todo, en él anida un conocimiento que no puede venir desde el afuera, sino que le es inmanente. Y es por ello que ese Inconsciente es la vía de acceso hacia lo Sagrado: la porción re-ligándose con la Totalidad. Como dice un Salmo de David: “Mi porción es Dios”. Tan es así que en la Psicología del Zen se le llama Hishiryo (traducible en nuestro idioma como Inconsciente Cósmico Religioso). Bien distinto del Edipo, ¿verdad?
Roberto Assagioli (Psiquiatra italiano que fuera uno de los pioneros en la Psicología Transpersonal europea), le llamaba Supraconsciente, y decía que el ser humano tiene por necesidad hacer contacto con ese aspecto de su Inconsciente, para desarrollarse plenamente como individuo. También porque el acceso a nuestra real hondura puede implicar un efecto terapéutico que sólo se experimenta abrevando de sus aguas. Él señaló, tomando enseñanzas de Oriente, que existen dos vías de contacto: una es ascendente (cuando la persona busca establecerlo a través de su autoobservación, de la visualización, la meditación, la plegaria...). Y la otra es descendente (cuando el Inconsciente mismo envía sus contenidos, bajo la forma de inspiración, de sueños, de ingeniosas soluciones...). En ambos casos será necesario cultivar un fuerte sentido común que nos permita discernir si se está infiltrando en ello o no nuestra imaginación más superficial, interpretando erróneamente esos contenidos.
También contamos con otros aspectos luminosos: lo que en el Zen se denomina Inconsciente entrenado, es decir, aquella área interna que reserva recursos psicológicos disponibles, que a veces no utilizamos por no saber cómo activarlos.
En la práctica clínica, un buen terapeuta contará fundamentalmente con la habilidad de esas zonas del Inconsciente del paciente, buscando despertarla para que sea el Inconsciente mismo el que dirija el proceso de cambio: nacimos para que esa interioridad se exprese, de modo que es esa misma interioridad la que sabe qué debemos hacer para que la saquemos a la luz. En ese sentido, el terapeuta necesitará contar no sólo con sus conocimientos adquiridos, sino también con el saber de su propio Inconsciente, ayudando a que el Inconsciente del paciente haga su trabajo de auto-iluminación.
Ojalá que este modo de verse a sí mismo y a los demás pueda tener más presencia en los claustros universitarios: no somos nuestras neurosis, sino seres evolucionantes que tratamos de parir nuestra legítima identidad esencial.
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“Visión Transpersonal”:
Columna en la revista “Uno Mismo” (Abril 2007)
Hermano Cuerpo: el gran maltratado
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Te pido que por un momento hagas un juego imaginario: ¿cómo sería si mañana al levantarte, descubrieras que estás habitando no tu cuerpo habitual, sino, por ejemplo, el de una jirafa, o el de un pájaro? Por un momento te pido que lo vivencies como real, cerrando los ojos y compenetrándote de la idea. Raro, ¿verdad? Bien: tan o más extraño es amanecer cada día y encontrarte envasado en este cuerpo que habitas hoy. Él es el único animal al cual podemos percibir desde adentro. Hay algo que impide esa extrañeza, adormeciendo la conciencia: la costumbre. Sin embargo, te invito a que en este instante en que estás leyendo estas letras una tras otra, te asomes a través de tus ojos, como si fueran dos claraboyas de una nave: tu nave de carne, de la que eres tripulante. Los ojos son sólo gelatina y agua. Pero... ¿quién ve a través de ellos? ¿Y a través de cuántos otros ojos habrás mirado, de distintos colores y tamaños, en anteriores identidades?
El poeta Benedetti lo llamó bien: “Hermano Cuerpo”. No somos él, pero él está preñado de nuestra presencia hasta que muera. Y cuando muera, simplemente nos despediremos, para seguir viaje... Ningún trabajo interno es completo si no nos aprendemos a relacionar amorosamente con nuestro propio cuerpo: en Occidente es muy común experimentar fastidio hacia el cuerpo que nos tocó; demasiado alto o gordo, demasiado flaco o feo... Nos enojan los órganos que duelen, nos da rabia cuando no es tan ágil, tan joven o diestro como quisiéramos... Alto!!! Si tu disposición es a tratar mejor a tu perro que a tu cuerpo... algo anda muy mal. En algún momento del camino, será necesario pedirle disculpas. Disculpas por tanta ignorancia, tanto maltrato, tanto desamor. Puede haber un instante crucial en que esto te suceda: como un saludable desdoblamiento de la conciencia, en el que te es dado experimentar una honda compasión por ese maltratado animal vestido, tan exigido por la civilización opresiva a la que es sometido. Y esa compasión puede resultar como rasgar un velo, y comenzar a ver. Entonces quizás uno sienta vergüenza por tanto mancillamiento de algo tan noble como es el cuerpo, y tan indefenso, a expensas de lo que hagamos con él. Pero luego de esa vergüenza, puede venir una redecisión radical, en la cual uno tome nuevas alternativas para reparar lo reparable, mejorar, cuidar, querer, nutrir, dar libertad...
Walt Whitman decía: “Una rata es milagro suficiente para convertir a millones de infieles”. ¿Cuánto más nuestro cuerpo? Percibir la perfección con que la yema de un dedo se cicatriza recomponiendo su huella digital puede sobrecogernos; observar la perfección de un recién nacido, nos deja pasmados ante la Gracia; y aún el misterio de la muerte a veces abre nuestro interior hacia una dimensión de lo Sagrado mucho más palpable que en cualquier templo. El cuerpo mismo es un templo. Y si no somos capaces de cuidarlo, cualquier otro templo al cual vayamos quizás no sea suficiente como vínculo con lo verdaderamente Trascendente.
La Psicología Transpersonal cuenta con muy diversas prácticas, de distintas tradiciones de Sabiduría, para aprender a habitar el cuerpo conscientemente. Quizás la más simple (y una de las más difíciles también) podrías implementarla hoy mismo, tratando de realizar cualquiera de tus tareas cotidianas vinculadas con tu cuerpo muy lentamente, y como si la miraras desde afuera, admirando la inteligencia del cuerpo: verlo bañándose a sí mismo, observar a sus manos lavando los platos, observar los movimientos que realiza al comer, poner conciencia en sus deseos y sensaciones... Si la Conciencia Testigo logra asomarse, el fruto, al menos fugaz, pero penetrante, puede ser, sencillamente, el asombro. Y a-sombro significa “salir de la sombra”. La sombra de la ignorancia y del desamor. ¿Qué le damos a nuestro cuerpo, día a día? ¿Qué es lo que le pedimos o exigimos? Esta noche, antes de dormirte, podrás pedirles disculpas por lo que haga falta, reconciliarte con él... Y agradecerle.
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“Visión Transpersonal”:
Columna en la revista “Uno Mismo” (Mayo 2007)
por la Lic. Virginia Gawel
“Hey! Yo ya no soy esa persona!!”
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¿Alguna vez te sucedió que alguien te hablara como si fueras alguien que ya dejaste de ser? Luego de un tiempo de esfuerzo sostenido en trabajar internamente con tus rasgos más difíciles... Luego haberte muerto por dentro a lo que ya no te servía, y haber renacido... Luego de asumir tus miserias y ponerles dedicación para transformarlas, haciéndote cargo de ellas... Y, sin embargo, alguna persona (y quizás muy cercana!) le habla a alguien que ya no está allí, en tu interior. Y quisieras decirle, haciendo señas como para despertarle de un hechizo hipnótico: “Hey! Yo ya no soy esa persona!”. Y a veces resulta como hacerles señas a un ciego... Es doloroso, ¿verdad? Genera impotencia, y, muy frecuentemente, de poco valen tus intentos para que el otro comprenda que tu identidad ya no es esa: como dice las Tradiciones de Sabiduría, la identidad de cada ser humano está regida, como toda la realidad, por una ley de impermanencia. Todo cambia. Todo se transforma. Y en nosotros está que se transforme hacia arriba o hacia abajo, evolucionando o bien retrogradando... (Sí: nuestra evolución no depende de “lo que la vida nos haga”, sino de nuestra actitud para aprovechar todo lo que nos suceda, haciéndonos a nosotros mismos.)
La complejidad de nuestra especie provoca que nos movamos en este mundo, más que en contacto con lo que es, vinculándonos, en cambio, con imágenes que construimos sobre lo que es. Y esto puede ser tan mecánico que uno quede imposibilitado de ver eso que verdaderamente es: le superponemos imágenes y emociones, tal como lo hace un proyector de diapositivas. Volcamos en esa persona viejas imágenes que tenemos de ella. (Ni hablar de que también proyectamos asuntos irresueltos de nuestro pasado, y además rasgos propios, de nuestra Sombra psicológica, que no asumimos como nuestros!...) Así, en lugar de relacionarnos de verdad con un otro real, terminamos estableciendo vínculos ficticios, pues... el otro está en la misma situación! Dos seres humanos intercambiando rancias imágenes, como cuando de niños hacían trueques con figuritas o estampitas... Se trata de una discapacidad vincular, tan común que, por ser una discapacidad invisible, la tomamos como “normal”, y etiquetamos vínculos muertos como “mi amigo”, “mi marido”, “mi novia”... La mayoría de la gente se queda medianamente tranquila con esto. Pero quien ha comenzado a despertar, no. Esa mediocridad vincular le quema, día a día...
Esta circunstancia, ¿tiene solución? Sí. Pero es trabajosa. ¿Querrás intentarlo? Se trata, primero, de investigar en nuestra propia interioridad qué imagen uno tiene de sí mismo. Porque el fenómeno de relacionarse con imágenes no sólo se da con los demás, sino también intrapsíquicamente. Es un logro fundamental en el trabajo sobre sí llegar a contactar con algo interno que no es impermanente: algo mucho más hondo que las diversas autoimágenes con que nos referimos a nosotros mismos. Esta constatación interna de que no soy esas imágenes que he creído como “yo”, disuelve las fantasmagorías que hemos fabricado sobre nuestra identidad. La guía esencial es una pregunta: “¿Quién soy realmente?” Si parto de la base de que no soy como, desde mis condicionamientos, imagino ser, ni soy las imágenes que otros proyectaron sobre mí, y que una y otra vez he asumido como propias, esa pregunta va teniendo respuestas. Respuestas no-intelectuales, sino de una calidad vivencial inequívoca. La autoobservación, la Conciencia-Testigo de la que hablan las Tradiciones de Sabiduría, es la herramienta clave.
Y sólo si puedo hacer contacto, poco a poco, con quien realmente soy, lograré entonces hacer contacto con quien el otro realmente es. Podré ver qué imágenes proyecto en él. Podré disuadir en el otro, quizás, las imágenes que tenga de mí. Si ese maravilloso fenómeno vincular no se produce, los seres humanos experimentamos algo nítidamente doloroso: hambre de intimidad. Y procuramos saciar ese hambre de múltiples formas erróneas. Millones de personas nacen, viven y mueren sin haber experimentado esa intimidad que, desde nuestra esencia, todos anhelamos. Como ves, el primer paso para acceder a ese tipo de contacto vincular, es comenzar a relacionarnos desnudamente con nosotros mismos. Puede ser doloroso. Puede ser intrincadamente trabajoso. Pero quizás sea una de las cosas más bellas que una persona pueda hacer en este mundo: estar en comunión consigo mismo, y, desde allí, quizás vivenciar la comunión con otro, más allá de las viejas imágenes. Te deseo que puedas. Pero, sobre todo, te deseo que quieras!
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“Visión Transpersonal”:
Columna de la revista “Uno Mismo” de Argentina y Chile. Agosto 2007
por la Lic. Virginia Gawel
La des-ilusión óptima
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Aquello en lo que creías te decepcionó. Es más: te has decepcionado respecto de tus propias elecciones, de haberte dejado engañar, de cómo desaprovechaste oportunidades, de haber lastimado gente a pesar tuyo, de perder tiempo en lo que no lo merecía... Es frecuente que quien vivencia este tipo de crisis sea alguien que se acerca a la mitad de la vida (+- 35 / 45 años): medianamente recorrió el camino, apostó (y ganó o perdió), creyó y dejó de creer, tuvo ideales y no siempre estuvo a la altura de ellos, puso lo mejor de sí pero le fue mal... Mira para atrás y siente que lo vivido no alcanza a justificarse por sí mismo, experimentando la frustración de, aparentemente, haber equivocado el rumbo demasiado.
En Psicología Transpersonal se le llama a esta instancia “desilusión óptima”. Suena extraño que estas dos palabras estén juntas, verdad? Es que hay que leerlas poniendo el acento en que la primera significa, precisamente, des-ilusión. “Perder las ilusiones” puede sonar horrible. Sin embargo, es justamente la ilusión la que nos impide ser quienes realmente somos, y construir nuestra vida a partir de lo que realmente es. Por qué? En el Hinduismo la palabra Maya alude al engaño al que estamos sujetos cuando percibimos la realidad: proyectamos en ella nuestros propios contenidos internos, deformándola. Si miramos en el diccionario, “ilusión” se define como “esperanza infundada; imagen que no refleja fielmente la realidad, o que se le opone”. De allí que “iluso” signifique “seducido, engañado”. Así, des-ilusionarse es, en verdad, a pesar del dolor, algo digno de celebración: implica des-engañarse!
Aunque pasemos por un período de desesperanza, de desgano, de sensación de sinsentido... si atravesamos ese tránsito con lucidez y sin quedar atrapados en una autocompasión peligrosa, saldremos de ello con mayor madurez y objetividad: sabremos qué es qué, quién es quién, con qué recursos contamos, cuáles son nuestras limitaciones... A partir de allí, comienza a estar habilitada para nosotros la posibilidad de construir una vida en consonancia con la realidad, y, por ende, con decisiones más inteligentes. Esto implica, inclusive, liberarte de las expectativas que los demás hayan proyectado sobre quién y cómo debías ser. Qué alivio! Quizás para ello también haya que transitar el proceso de desembarazarte de la culpa por “haber decepcionado a los demás”. Parafraseando a Perls, no has venido a este mundo para satisfacer las expectativas de nadie!! (A mí misma me ha costado mucho aprenderlo...) Esta des-ilusión es el primer Despertar del que nos hablan todas las Tradiciones espirituales de la Humanidad: un requisito indispensable para otros despertares más sutiles. Implica haber estado, hasta esa instancia, más que dormido: hipnotizado por sus propios condicionamientos, por el autoengaño, por la inexperiencia...
¿Fracaste? Sí. ¿Y qué? ¿Acaso alguien te dio al nacer un mapa del laberinto como para que no te equivocaras en nada? Tus fracasos no demuestran impericia para vivir: hasta donde alcanzo a ver, ser un humano es uno de los asuntos más difíciles en este mundo. Y, encima, ser un humano que intenta construir una vida coherente y digna... más! La mayoría de las veces el fracaso se debe a la ilusión. “Fracasar” viene de la misma raíz que “fraccionar” = hacerse pedazos! Si llegaste a la mitad de tu vida y no fracasaste... es muy posible que sea porque te has quedado inmóvil, como dentro de una vitrina! Si viviste con intensidad, es casi seguro que hayas fracasado en más de un aspecto. ¿Quién no? Habiéndolo constatado y, con ello, habiéndote quitado el velo de la ilusión... a juntar tus pedazos (como Osiris) y a construir sobre lo real, con lo real! ¿Duele? Lo sé, porque a mí también! Y es natural que así sea. Ni siquiera hay garantías de que no vuelva a sucedernos. Pero si en tu memoria hay alguna persona mayor valiosa que conozcas o hayas conocido, estoy segura de que lo llegó a ser porque transitó por esa des-ilusión, juntó sus pedazos, y se recicló a sí misma.
“Siempre he sido un imbécil!”, “Nunca me doy cuenta de nada”, “Sólo a mí me suceden estas cosas!”, “Todo el mundo abusó de mí”... Así es como uno suele tratarse ante la instancia de la des-ilusión: con una crueldad con la que quizás no haya jamás tratado a nadie (propio de la buena gente, que puede llegar a ser malísima consigo misma!) También en ese caso utilizamos palabras magnificantes: “siempre”, “nunca”, “nada”, “todos”... Cuando en una frase estas palabras tienen peso... es seguro de que expresa una construcción falaz. Necesitamos revisarla. Ante la des-ilusión puede que también oscilemos entre autoinculparnos y culpar a los demás (nuestros padres, el mundo, la gente, la vida...). Ni una cosa ni la otra conduce a nada. Nos puede ubicar en mejor lugar tomar conciencia de que nuestra esencia más íntima tiene por imperativo interno evolucionar justamente a partir de superar aquellas condiciones que se lo impiden. Es una ley inevitable en el devenir de todo lo que crece. Romper el velo de la ilusión es ascender varios escalones en ese proceso. Si comprendemos lo que nos está sucediendo, y lo inscribimos en el contexto de que no somos los únicos ni los peores, a partir de ese des-engaño, el redireccionamiento de nuestra vida puede ser mucho más que una utopía. Darnos tiempo, disculparnos la necedad, perdonar a quienes fueron nuestro obstáculo... No es tarea fácil! Y tampoco es una decisión, sino un proceso. Pero... ¿hay alguna otra cosa mejor para hacer en este mundo? Lo que puedo decirte y decirme es: fuerza! Millones de mujeres y hombres de todos los tiempos han tenido que vivirlo. No estamos solos...§
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“Visión Transpersonal”:
Columna de la revista “Uno Mismo” de Argentina y Chile. Septiembre 2007
por la Lic. Virginia Gawel
La Mentira ocupa Lugar!
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A veces parece algo sin importancia: decir una cosa por otra, distorsionar los hechos, esconder verdades, inventar lo que no fue, ni es, ni será... ¿Por qué todas las corrientes espirituales proscriben la mentira? El hecho de que “esté mal hacerlo” quizás no alcance para explicarlo. Veámoslo juntos...
La Psicología Transpersonal describe el psiquismo humano teniendo en cuenta no sólo la visión occidental, sino también los antiguos mapas de distintas disciplinas de Oriente. Y en muchas de ellas ocupa un lugar importante el tema de los contenidos mentales: observarlos, conocerlos, comprenderlos, es un propósito esencial en el proceso de autoconocimiento. Imaginen la Mente Originaria como un agua: los contenidos serían esos peces que nadan en ella (algunos en lo hondo, otros más cerca de la superficie). La tarea es hacer un permanente inventario de cada uno mediante la práctica de la Conciencia-Testigo, y cuidar que el agua esté lo más limpia posible, pues ese agua es, en esencia, un Agua Sacra: la porción del Todo que habita en nosotros, con la que necesitamos hacer contacto.
Cuando nos adiestramos en mirar hacia adentro (y en eso consisten un buen número de las técnicas en las que se ejercitan los monjes de diversas culturas, hoy accesibles al practicante laico de Occidente), vemos que muchos de esos contenidos tienen como una carga radioactiva, que nos va polucionando internamente: nuestros traumas, nuestros complejos, nuestros conflictos... Y es indispensable trabajar con ellos, pues enturbian el agua: convertirlos en recursos internos, dado que todo dolor transmutado es materia prima para la sabiduría.
La mentira también es un contenido conflictivo, pues cuando la verdad que sabemos queda retenida y sustituida por lo que no es, en ese acto nos dividimos internamente. Y, por supuesto, ese fenómeno es el contrario al que el Camino de evolución de la conciencia tiende, pues éste implicaría un proceso de integración. Ser íntegro implica no estar dividido internamente: ser de una sola pieza. Para llegar a ello, es indispensable no mentir, fundamentalmente por el hecho de que mintiendo aportamos división interna, conflicto evitable. Pues los traumas, complejos y conflictos, los crean la vida, ineludiblemente. En cambio la mentira la hacemos nosotros. Y ocupa un enorme espacio interno! La prueba está en que cuando decimos una verdad largamente retenida experimentamos un enorme alivio: nos des-ahogamos. Permanecer ahogado es permanecer des-integrado, dividido por dentro. Y esa división psicológica implica un desgaste de energía psíquica que necesitaría estar disponible para mejores fines...
Hay algo más: cada vez que mentimos, en general lo que sucede es que tenemos miedo. Miedo a ser mal vistos, a perder lo que conseguimos, a ser juzgados, a “manchar” la imagen que queremos dar... Ésta es otra razón por la cual ser veraz implica el desarrollo de una virtud indispensable para el Camino: la valentía. Sólo quien tiene coraje puede decir la verdad, haciéndose cargo de lo que ésta pueda producir en el entorno y en su vida. Por eso cuando vemos a alguien sincero generalmente sentimos admiración. “Sin-cero” viene de “sin carie” = sin podredumbre. Ser sincero es ser no-corrupto. Y en una sociedad donde la corrupción, la mentira, la disimulación son tan sobreabundantes, la persona veraz se vuelve rara, notable, aunque a veces criticada (pues el veraz, sin quererlo, hace resonar la mentira de los otros, y muchos quisieran hacerle callar para olvidar que ellos mismos están mintiendo).
“Mentir” viene de “mente”. Y cuando la mentira ocupa tanto espacio en nuestra mente, el Agua Clara que nos constituye se vuelve ecológicamente contaminada: pierde su potabilidad para nosotros mismos, y ya no podemos beber de nuestra propia Fuente sin sentir un gusto amargo. La polución de la mentira requiere, entonces, decidir para sí mismo ese acto de valor: que la mentira no sea una opción de respuesta cuando estamos por abrir la boca o por actuar. No mentir, ni mentirse. A mí me cuesta, cada día. Pero, si Ustedes también están están en ese Intento, aún a la distancia nos acompañamos mutuamente... §
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“Visión Transpersonal”:
Columna de la revista “Uno Mismo” de Argentina y Chile. Octubre 2007
por la Lic. Virginia Gawel
"Sobre mí, decido yo!"
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Las antiguas Tradiciones espirituales de todo el mundo nos dicen, de un modo u otro, que el ser humano está dormido: se mecaniza, funcionando desde sus mandatos aprendidos, ajeno a su identidad más esencial. Así, la vida que va construyendo no es exactamente la propia, sino la que el entorno condicionó en su personalidad. Dicen estas Tradiciones que el hombre está llamado a despertar: ese estado de condicionamiento es muy semejante a un sueño. Y “despertar” significará darnos cuenta de quiénes NO somos, para comenzar, poco a poco, a construir una identidad ya no de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia fuera: desde nuestra identidad más esencial, autodeterminánodos. Sólo de esta manera un ser humano puede cumplir su real Destino.
Esto implica, generalmente, un despertar doloroso: nos damos cuenta, quizás, de que la pareja que hemos elegido, nuestra supuesta vocación, y distintos patrones que conforman la vida que hemos construido no son acordes a nuestra legítima identidad. Generalmente esto sucede hacia la mitad de la vida: ya hemos “cumplido con lo que la sociedad manda”: la profesión, los estudios, formar pareja, tener hijos... Pero de pronto algo dentro empieza a pujar, como un crío que estuviera pidiendo espacio para nacer: se va abriendo paso una nueva visión de sí mismo, de la vida, de los demás, de la intuición sobre nuestro propio Destino...
No es fácil, claro que no! Porque cuando comenzamos a ver, es natural que haya una marcada insatisfacción personal: uno se inculpa de las malas elecciones que hizo, se da cuenta de cuánto se engañó, cuánto trató de agradar o de cumplir las expectativas de los demás, o cuánto se forzó a sí mismo para no cumplirlas, rebeldemente (y eligiendo, por oposición, también algo ajeno a nuestro más hondo sentir!). La cáscara de la personalidad cae, como una costra de barro secado al sol... Y puede advenir como una sensación de desnudez: no querer ser como se fue hasta ese momento (porque ya no nos sentimos cómodos con esa identidad fabricada por los otros), pero aún no saber cómo ser uno mismo. Es decir: se sabe, poco a poco, lo que NO se quiere, aunque aún no haya claridad respecto de lo que SÍ anhelamos desde lo profundo. Los sufis le llaman a esto “estar sentado entre dos sillas” (posición incómoda si la hay: vamos dejando de estar cómodos en la primera, pero aún no nos hemos instalado en la nueva). Es una etapa que requiere de nosotros respetar nuestra propia confusión, y asumir trabajar sobre sí para poner un nuevo orden en ese Caos personal. Tan universal es este fenómeno interno que hasta el Dante comenzó su “Divina Comedia” diciendo: “En medio del Camino de la vida / yo me encontraba en una senda oscura / en que la recta vía había perdido.”...
Carl Jung (precursor del paradigma Transpersonal), decía que la primera mitad de la vida está destinada al proceso de diferenciación, es decir, a construir un Yo sólido, que poco a poco se vaya discerniendo del Inconsciente Colectivo (de lo que el entorno condiciona, de los mandatos familiares, de las expectativas ajenas). Y que hacia la mitad de la vida, es como si uno se dijera hacia sí mismo algo que puede tener fuerza sagrada: “Sobre mí, decido Yo”. Ese paso es crucial en el proceso de individuación (y existen millones de seres humanos que no llegan nunca a esa instancia de madurez). A partir de allí, la segunda mitad de la vida requerirá de un proceso consciente de integración interna: asumir nuestras contradicciones, desplegar nuestro potencial, afirmarnos en el mundo (ya no desde el afuera, sino desde el Sí Mismo). El Sí Mismo es esa porción del Todo que nos encarna, y que sobre todo a partir de esa etapa es la que puede tomar el timón de nuestra vida, y ya no el Yo que fuimos construyendo en la primera mitad, el cual comenzará a estar al servicio de nuestra Esencia (es decir, será trascendido por el mando de una instancia más sutil). A este fenómeno del despertar, propio de la mediana edad, se le llama “la Llamada”: una voz interna nos exige que seamos quienes vinimos a ser, independientemente de lo que otros esperen que seamos (y más allá de las antiguas autoimágenes que hayamos construido): convertirnos en una persona autodeterminada.
Esto no sucede por sí solo: es un proceso que necesita de nuestra participación consciente. Pero, como decía Krishnamurti, se trata de ejercer una conciencia sin opción: ya no se puede uno resignar a ser quien no es, ya no puede volver atrás. De modo que: a parirse, aunque duela! Es el paso indispensable para encarar nuestra real identidad.§
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“Visión Transpersonal”:
Columna de la revista “Uno Mismo” de Argentina y Chile. Noviembre 2007
por la Lic. Virginia Gawel
"Qué ves cuando me ves? "
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En una película vi la siguiente situación: una señora mayor se encuentra con un joven “idéntico” a su hijo muerto. Le pide que la vaya a visitar, comienza a regalarle la ropa de ese hijo, e incluso a pedirle que se la pruebe y le muestre cómo le queda. El joven se siente obligado a no contrariarla, y se va viendo envuelto en una trama en la que su identidad se ve totalmente eclipsada por lo que esa mujer ve en él: su hijo muerto. ¿Cómo nos sentiríamos ante esa situación? Seguro que con la desesperada necesidad de que el otro vea quiénes somos realmente y no, en cambio sus propias proyecciones, que se volverían una pesada carga.
En verdad, esto nos sucede todos los días: el ejemplo sólo ilustra una de las tantas proyecciones posibles que una persona puede volcar sobre otra, deformando o hasta anulando la percepción de ese individuo real. Este asunto es tan importante que aún antiguas disciplinas de Oriente lo abordan, con ejercicios que invitan a darnos cuenta de cuándo estamos alterando la realidad con nuestras proyecciones. Ese “darse cuenta” es el paso inicial para ir recuperándolas (como un pescador recobra su red del mar), y comenzar a ser más objetivos. Sin esa actitud, la vida se mantiene en estado de Ilusión (Maya, como le llaman en Oriente). El entrenamiento en el arte de autoobservarse afila la herramienta para que podamos ejercer lo que en Yoga se llama Viveka discernimiento (en este caso, discernir entre lo que proyecto respecto de lo que efectivamente percibo). Tan importante es poder hacerlo que a esto se le llama “La Joya del Discernimiento”.
El mecanismo es como el de un proyector de diapositivas: si una persona no-civilizada ingresara a la sala y viese la imagen un león en la pantalla, reaccionaría ante ella como si fuese real; le costaría comprender que no hay allí tal león, sino sólo una figura que la luz proyecta y agranda. Con tanta convicción es que creemos que lo que vemos es tal como lo vemos. La diapositiva de lo que proyectamos está en nuestro Inconsciente. Y eso no es todo: el otro también proyecta sobre nosotros sus propias diapositivas. ¿Cuál es la resultante? Vínculos imaginarios: dos personas encerradas cada una en su cápsula de proyecciones, sin ver al otro, y sin ser vista. Sólo si trabajamos vincularmente con las proyecciones recíprocas podemos generar relaciones reales. De otro modo, sucede como en el cuadro de Magritte llamado “Los amantes”: un hombre y una mujer a punto de besarse... pero cada uno envuelto en un manto azul, cubriendo totalmente sus rostros, sin poder verse ni tocarse en realidad.
¿Qué es lo que proyectamos? Jung, precursor del enfoque Transpersonal, señaló que, en principio, proyectamos arquetipos: matrices que tienen su raíz en el Inconsciente Colectivo, y que hacen que convoquemos determinado tipo de personas (cierta clase de hombre y de mujer, cierta manera de ver a los padres, los amigos, los hijos...). Pero no es sólo eso: también proyectamos las huellas de experiencias anteriores (vuelco en una figura masculina de hoy las heridas que otros hombres me provocaron en mi pasado); proyectamos además una acumulación de carencias y expectativas que depositamos en quien se cruza por nuestra vida (y eso puede directamente aniquilar un vínculo: tener que cargar con las necesidades añejas que el otro proyecta sobre uno resulta fulminante para cualquier relación...). Proyectamos aquellos aspectos internos que, por desagradables, reprimimos, rechazándolos como propios: generalmente los volcamos hacia personas de nuestro mismo sexo... a quienes, entonces, no soportaremos! (Sí, a eso se le llama “Sombra” psicológica).
También proyectamos rasgos que, siendo excelentes, por distintas razones no nos atrevemos a encarnar, dándose así el fenómeno de la idealización. Y aunque parezca agradable que a uno le endilguen aspectos gratos que quizás no tenga (o no en semejante grado), aún entonces está sucediendo el mismo triste fenómeno: hemos desaparecido como individuos, para pasar a ser el dios o la diosa que el otro necesita ver en uno. Además, cuando delegamos en otra persona nuestros mejores atributos, proyectándolos, nos empobrecemos: quedamos alienados de lo que podríamos ser, sin permitírnoslo. Con ello, delegamos poder en esa persona en quien hemos proyectado tanta maravilla (la pareja, un hijo, el terapeuta o un gurú). Y si esa persona, contraproyectivamente, actúa lo que hemos proyectado en ella, en el caso de que sea alguien nefasto se aprovechará de ese poder para someternos y manipularnos, y si no lo es... perecerá aplastado por la corona que le hemos calzado en su cabeza. Volvemos al párrafo inicial: no importa si las proyecciones son de aspectos gratos o ingratos: el punto es que provocan la imposibilidad de construir vínculos reales entre personas reales.
¿Qué ejercicios pueden instrumentarse respecto de este mecanismo? Al menos enumerémoslos: observar cuándo estamos proyectando contenidos internos, pero también cuándo estamos siendo portadores de proyecciones ajenas; observar cuándo nos comportamos de tal manera como para generar cierto tipo de proyecciones (la imagen de quien quisiera que vieran en mí); observar cuándo estamos sobrerreaccionando ante una persona, ya sea porque la idealicemos o la aborrezcamos sin grandes motivos (seguro que allí se nos ha quedado pegada alguna de nuestras diapositivas de colección!). La tarea no termina nunca: los espejos siguen apareciendo, con sus múltiples proyecciones. De hecho, el Camino del Héroe es, fundamentalmente, eso: un laberinto de espejos. Y es gracias a esos espejos que, buscando la salida, el héroe se convierte en héroe: alguien que va sabiendo quién es, y que percibe la realidad con objetividad y sabiduría. ¿Para qué más?§
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“Visión Transpersonal”:
Columna de la revista “Uno Mismo” de Argentina y Chile. Diciembre 2007
por la Lic. Virginia Gawel
"Darse cuenta y ... darse tiempo! "
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Te pido que cierres los ojos y pienses en lo que significan diez años como lapso de tiempo. Luego cien años. Luego mil. ¿Podrás concebir un millón de años? Yo no: me pierdo. Bien: los Físicos dicen que el Universo nació con el Big Bang hace... 15.000 millones de años! Quizás sea como lo que afirman antiguas Tradiciones de Conocimiento: que todo lo creado es un experimento de la Conciencia, y que el humano es una parte vital de ese experimento. El Génesis no terminó! El Big Bang no se detuvo allá lejos y hace tiempo: sigue. Y sigue en tu cerebro, que ni siquiera es igual al de tus bisabuelos: cada generación va desarrollando evolutivamente nuevas posibilidades.
Si estás leyendo estas palabras supongo que serás alguien que está haciendo un esfuerzo para trabajar sobre sí mismo: hacerte cargo de tu identidad, comprender para qué estás en el mundo... Y es muy probable que con frecuencia te impacientes ante lo que aún no has podido superar en tu interior: esos rasgos difíciles que descompaginan tu vida, esas heridas añejas que aún duelen... Tu impaciencia te hace dudar y desanimarte. “Con todo el esfuerzo que hago... y vuelve a pasarme lo mismo!” ¿Qué sucede? Que estás evaluando tu progreso interno con una medida equivocada: si tu esencia encarnó sucesivamente, puliéndose poco a poco para que tu evolución haya llegado al punto en el que hoy está (que, seguro, no es poca cosa comparado con el promedio de la Humanidad), ese proceso habrá tomado... siglos! De modo que esta porción de tiempo en la que estás midiendo tu progreso interior... es algo tan pequeñito! Ni qué hablar si la ubicamos en el contexto de esos 15.000 millones de años...
Tu evolución tiene un ritmo similar al de los árboles de mejor madera: procesos lentos, con instancias en las que se consolida, por fin, lo largamente trabajado; tal como al cortar un roble se ven marcas correspondientes a cada invierno, dentro tuyo hay períodos en los que todo el trabajo realizado que parecía ser inútil y estéril, de pronto, precipita: algo nuevo acontece: tus reacciones no son las que eran, te es posible hacer lo que no podías, y comprender lo no comprendido... Se ha producido una masa crítica del trabajo realizado con constancia, día a día. ¿Qué significa “masa crítica”? Imaginemos un toldo de lona al cual unos niños acostumbraran a tirar piedras desde una azotea. Cada día se irían sumando piedras. Y llegaría una piedra número x que haría que el toldo, finalmente, se desplomara. Esa piedra habría terminado de constituir la masa crítica. Igual sucede con tu trabajo interno: lo que parece no dar fruto, un día logra su masa crítica. Y entonces uno “pega el salto”, subiendo un escalón en su propio nivel de conciencia.
De modo que, -tal como aprendí de mi esposo, Eduardo, para sostener mi propia paciencia respecto de mí misma-, los pilares del trabajo sobre sí son dos: el primero es darse cuenta (lo cual, nos dice la Psicología Transpersonal, es fruto de la autoobservación). El segundo es darse tiempo. En Esalen, al sur de California, quienes participan de talleres muy movilizantes, en los recreos circulan entre los bosques o por el parque; si estás allí y alguien se acerca a hablarte, está instituida una preciosa posibilidad de respuesta: “Sorry, I´m in process” (“Discúlpame, estoy en proceso”; o sea: necesito soledad, silencio, tiempo para“digerir” lo que acabo de ver en mí.)
Por último, te pido que percibas el asiento que está sosteniendo tu cuerpo en este instante. Obviamente, es un sólido, ¿verdad? Bien: tu identidad no lo es. Como la mía, está en permanente impermanencia (aunque suene paradójico), como lo explican el Budismo, la Vedanta, el Taoísmo... Tu identidad es algo en constante transformación, aunque no puedas ver lo que acontece ahora mismo en tu Inconsciente. ¿Quién dirige ese proceso? Algo dentro tuyo, que sabe. Sólo necesita que le escuches. Y que le des tiempo a tu “darse cuenta”. Ray Griegg lodijo muy bien: “Cada tiempo tiene su tiempo. Empújalo, y será demasiado pronto; retenlo, y será demasiado tarde. En el momento correcto, no habrá nada que lo detenga.” §
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