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Sala de Lectura |
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“Visión Transpersonal 2008 ”:
(Enero 2008)
El arte de vivir en la incertidumbre
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“Visibilidad: 12 kilómetros”, dice el informe meteorológico. Entonces uno conduce su automóvil con más certeza de lo que le espera en la ruta. Pero hay tramos de la vida donde la visibilidad es, con suerte, de 3 metros. Una bruma profunda te envuelve: el futuro inmediato se vuelve incierto. Se contrae el estómago. El corazón no encuentra espacio en el pecho angostado. La mente va pasando distintas diapositivas, imaginando alternativas para la incógnita del futuro: supone, descarta, deduce, busca posibilidades en hechos similares ya acontecidos... TEME. No sabe cuál de las alternativas será cierta. De eso se trata: la in-certidumbre.
Te lo digo al oído, aunque ya lo sepas: siempre el devenir es incierto, pero necesitamos sostener la ilusión de que el próximo minuto, y el siguiente, y el siguiente, son previsibles. Para bien y para mal el cerebro del animal humano dispone de lo que se llama mecanismo de anticipación, el cual le permite construir alternativas de lo que podría suceder, para que, al llegar al momento de los hechos, tengamos una respuesta asertiva ya disponible. Entonces tendemos, por un lado, a plasmar lo deseable. Pero por otro, esbozamos mentalmente distintas variedades de desgracia (incluida la de que nunca suceda lo que deseamos). ¿La resultante? Temor, sufrimiento, ansiedad... inútiles!
¿Cómo trabajar sobre esto? Una posible separación, un problema de salud, una crisis económica, alguien que tarda en llegar a casa... Lo primero es darse cuenta de que está funcionando en automático el mecanismo anticipatorio. Esto nos permite observar nuestros imaginarios, y ponderarlos como lo que son: i-ma-gi-na-rios! De modo que... a discernir lo que percibo respecto de lo que fantaseo. Esto reduce la ansiedad, pues quita credibilidad absoluta al mecanismo auto-asustador. Es como si uno le dijera: “Te agradezco que me adviertas que eso podría llegar a suceder, pero te aviso que no lo daré por hecho. Prefiero sostener conscientemente el vacío de información”. Esa elección es la clave: sostener conscientemente el vacío de información.
No digo que sea fácil. Yo misma tengo una frondosa imaginación a la hora de ir a tientas ante la niebla espesa. ¿Entonces? Entonces me cuido de mí misma: procuro observar mis contenidos internos, y detectar aquéllos que sean estrictamente imaginarios y me angustien inútilmente. Al detectarlos, me dispongo a no alimentarlos. Sin auto-hostilidad: como quien tranquiliza a un niño asustado. “Aún te falta información para saber hacia dónde va esta situación. Entonces: a transitar con la mayor sobriedad posible las próximas horas, el próximo día, sin ir pretender resolver más allá de eso”. Son ocasiones que se parecen al inicio de aquella vieja serie de televisión que popularizó por primera vez algunas nociones de la filosofía de Oriente: “Kung Fu”. Una de las pruebas que el monje shao-lin tenía que hacer consistía en caminar sobre un delicado papel de arroz, sin arrugarlo, sin romperlo. No se trataba sólo de una destreza física, sino de la actitud interna de desplazarse por la vida atento al momento: dónde pongo ahora mi pie y, a lo sumo, dónde pondré el siguiente. Paso a paso.
El Siddharta de Herman Hesse decía: “Yo sólo sé tres cosas: esperar, meditar y ayunar”. Otro día abordaremos la segunda y la tercera. La primera, -esperar- implica un ejercicio cotidiano de intentar la mayor lucidez posible. Sobre todo en tiempos de niebla espesa!§
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“Visión Transpersonal 2008 ”:
(Marzo 2008)
Inconscientes Colectivos: Nadie está solo
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En algún sentido, nadie está solo, nunca. Todos estamos impregnados por los Inconscientes Colectivos. ¿Te suena raro en plural? Sin embargo, de eso se trata. Veámoslo juntos:
Te pido que imagines un huevo cocido flotando en un cuenco. El agua tiene anilina azul. De a poco, no sólo la cáscara se va tiñendo: aún la clara se vuelve celeste. Claro: la cáscara es porosa. Bien: el huevo sería tu psiquismo personal, y el agua del cuenco, el Inconsciente colectivo. Tu psiquismo también es poroso. El Psiquiatra italiano Roberto Assagioli, -pionero de la Psicología Transpersonal- hacia 1920 llamó a este fenómeno psico-ósmosis. Si el proceso de ósmosis implica que un tejido poroso absorba ciertas sustancias (como cuando nuestra piel absorbe una crema hidratante), puede afirmarse que nuestro psiquismo personal está permanentemente absorbiendo “sustancias” del Inconsciente Colectivo, que indefectiblemente tiñen nuestros estados de ánimo, nuestras creencias, nuestras opiniones... y, con ello, nuestras decisiones. Y es más complejo que esto, pues en verdad nuestro psiquismo personal no flota en un cuenco... sino en un infinito mar: no podemos delimitar las orillas del Inconsciente Colectivo.
Es necesario completar esta metáfora con otro salto de tu imaginación: concebir que ese huevo está vivo y radiante, de modo tal que no sólo se impregna del agua en la que flota, sino que a su vez él impregna al agua con lo que irradia; se trata, entonces, de un movimiento bidireccional: no sólo pasivamente absorbemos lo colectivo, sino que le hacemos un aporte desde nuestro propio Inconsciente. Así, cada ser humano es responsable, en alguna medida, del legado que su Inconsciente personal hace al Inconsciente Colectivo de la Humanidad: hacia las personas de su época, pero también hacia los que aún no han nacido, y que participarán de ese legado cuando sea su tiempo...
Pero... ¿por qué en plural? Graficando esta metáfora, tendríamos que imaginar el agua como una superposición de sucesivas capas de distinto color, que van envolviendo a ese huevo, tiñéndolo de diversos matices; tu psiquismo personal está interpenetrado por varios Inconscientes Colectivos: el de la cultura en la que estás viviendo, el de tu familia, el de tu equipo de trabajo, tu grupo de amigos, y aún el que se da entre dos personas (por ejemplo, en una pareja). Cuando se trabaja en psicoterapia desde estos conceptos, los diversos Inconscientes Colectivos pueden ser puestos a jugar a favor: existen distintas Técnicas de Acceso Directo al Inconsciente destinadas a ayudar a que esta psico-ósmosis sea sana, y a reconocer posibles toxinas psíquicas.
La comprensión de que nuestro psiquismo está ligado al de otros no fue desconocida por distintas Tradiciones de Conocimiento, por lo cual proponen que el trabajo sobre sí mismo no sea un acto solamente solitario, sino inscripto en una interacción con otros que cultiven la misma intención: cuando estás participando de un Grupo de autoconocimiento, en cualquier línea que sea, estás sintonizado con una modalidad especial del Inconsciente Colectivo. Desde cerca o a la distancia (como lo venimos viendo en los grupos de Psicología Transpersonal que trabajan juntos a través de internet, desde cualquier lugar del mundo), se va creando una fuerza en común, una nutrición recíproca, en la que todos pueden aprender de todos, con una extraña sensación de compañía esencial. El saber que mi esfuerzo individual está siendo acompañado en este mismo instante por otro que hace su propio esfuerzo, donde sea que esté, vigoriza el espíritu, y estimula la posibilidad de vencer las dificultades del Camino. Algunos dicen que inclusive uno se enhebra con quienes han hecho esa misma tarea interna hace siglos. Será porque el Inconsciente sabe que el tiempo y el espacio son sólo una ilusión. Y que nadie está solo. §
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“Visión Transpersonal 2008 ”:
(Abril 2008)
El Monasterio más arduo
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Existen en el mundo distintos monasterios que implican, para el monje (cualquiera sea su religión) un difícil y austero trabajo sobre sí: ayunos, rezos, privaciones, silencio, soledad... Y existen también personas en todo el mundo que internamente son, -por decirlo de algún modo-,monjes laicos: no necesariamente adeptos a religión alguna (es más, a veces autodeclarados como ateos!), se distinguen porque apuestan a convertir su tránsito en este mundo en un camino de autoconocimiento. Ellos (quizás quienes lean estas líneas?) se ejercitan en uno de los monasterios más exigentes: la Vida Cotidiana. (Probablemente no se definirían a sí mismos como monjes seglares... porque no saben que lo son!)
Tienen una insistente sed de Comprensión, y procuran convertirlo todo en un proceso para la ampliación de su conciencia. Nadie les sostiene, ninguna orden les procura solución a su techo, su comida... y conseguirla es parte de su voto de estar en el mundo. No tienen autoridad alguna a quien consultarles sobre qué hacer. Y en medio del trajín que implica el día a día, procuran practicar lo que conocen, para no perder su propio Centro: leen sobre Yoga en la fila del Banco, o de pie, viajando en el subterráneo... practican meditación en la sala de espera del dentista, observan el alineamiento de su cuerpo en un ascensor lleno de gente... Tienen en su oficina frases que les ayuden a estar más en calma. Tratan de transmitir como pueden lo que han descubierto, para ayudar a otros. Sabiéndolo o no, practican lo que los sufis definen como ESTAR en el mundo, sin SER del mundo.
Intentan no salirse de sí mismos cuando deben ponerle límites a su hijo adolescente o tenerle paciencia a su padre que ya está muy anciano. Practican la compasión con los animales y las personas, y con frecuencia sufren enormemente penas que no son propias: su monasterio no está aislado de lo que sucede en el planeta. Les duelen las matanzas del Tibet, las inundaciones de Salta o el terremoto del Perú. Se angustian ante las especies amenazadas, el ecosistema quebrado, los incendios que acaban con bosques insustituibles...
A veces hacen voto de silencio, y se retiran, solitarios, pues necesitan “digerir” lo que su sensibilidad percibe. Se esfuerzan en ser rectos y veraces, en ambitos donde la mentira y la transgresión se constituyen en ley. Y algunos tienen la posibilidad de ejercer todo lo que saben y de aprender lo que no en una de las pruebas humanas más difíciles de atravesar conscientemente: la pareja. Allí investigan lo que tienen adentro: dependencia, celos, abnegación, posesividad, capacidad de dar... Practican el hacerse cargo frente al otro, el no proyectar, el abrir su interioridad... Todo un entrenamiento para iniciados!
Luego del trabajo, antes de realizar las compras y después de ocuparse de sus hijos, se toman retazos de tiempo para no dejar nunca de aprender: sobre los sueños, sobre las emociones, sobre el Eneagrama o la Eutonía... Se levantan temprano o se acuestan tarde, pero siempre tienen algún minuto para meditar, para contemplar su entorno, para trabajar su cuerpo, para escribir lo que sienten...
Practican la solidaridad como pueden: en campañas por internet, en la ayuda a un vecino, o en el brindarse a cualquier hora a un amigo que les necesite. Es posible que transiten por su entorno siendo vistos como “raros”. Lo padecen. Y a la vez, profundamente, tal vez sientan que en verdad es un honor: que su “rareza” los dignifica. No encajan en el mundo. A este rasgo le hemos llamado Inadecuación Esencial.
Afortunadamente desde los años 60 la Psicología se ocupó de personas así, sin mirarlas como “enfermos”, sino, por el contrario, como el camino hacia el cual la Humanidad necesita ir para salvar lo que queda de este querido planeta. Nació como Psicología Humanista, y derivó en lo Transpersonal, centrándose en el desarrollo de la conciencia, en la persona que Busca. Son ellos “normales”? NO! Por suerte que no. Bendito sea que sean... así como son.§
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“Visión Transpersonal 2008 ”:
(Mayo 2008)
El wu-wei y la danza del albañil
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Para tomar una lección práctica de Taoísmo uno puede ir a una obra en construcción, y observar cuando los albañiles hacen una cadena para ir pasándose de mano en mano los ladrillos hacia donde alzarán la pared. El primero toma uno, y se balancea con gracia hacia su compañero, arrojándoselo, quien lo caza al vuelo y, siguiendo el envión, lo pasa a su vez al siguiente, volviendo luego a balancearse para recibir el próximo. Mientras tanto ríen y conversan, bamboleándose rítmicamente, como en una danza, tan fluida que no se cansan: parece más bien un juego; (yo misma lo he hecho, construyendo en tareas comunitarias). Pero... si un inexperto se sumara a la tarea, posiblemente saldría lastimado: al recibir el ladrillo colocaría las manos duras, oponiendo resistencia, sin saber acompañar su inercia, -queriendo dirigir voluntariamente el proceso-. Se lastimaría las palmas de sus manos, y además rompería el ritmo, haciendo que entonces todos sí se cansen. Así nos sucede a muchos en lo cotidiano, verdad?
Pero entonces... ¿no hay que ejercitar la voluntad? Sí, pero el punto está en darnos cuenta de cuándo estamos forcejeando con la vida: los eventos hablan, y es necesario escucharlos. Assagioli (psiquiatra italiano, pionero del enfoque Transpersonal) decía: “Aprende a colaborar con lo inevitable”. Y no se trata de resignación, sino de aceptación: admitir que uno no puede controlar la mayoría de los acontecimientos, y leer lo que el ritmo de los hechos necesita de nosotros. Como quien en un bote se deja llevar por el río, y está atento a cuándo y en qué dirección debe dar una palada con su remo. Flexibilidad, gracia, sensata adaptabilidad. Lao Tsé nos susurra a través de los siglos: “La flexibilidad es la vida, la rigidez es la muerte”.
En el Taoísmo a esa actitud se le llama wu-wei. En nuestro idioma se traduciría como “acción-sin-acción” (lo cual para el occidental suena a paradoja!). Sería una forma natural de hacer las cosas, sin forzarlas con artificios que desvirtúen su armonía y su propio pulso. Lin Yutang lo sintetizó así: "Es el secreto de dominar las circunstancias sin afirmación de uno mismo contra ellas". Al aceptar su evolución espontánea, uno permite que todo se dé según un orden inmanente que está configurando las situaciones (el Tao, el Todo Inteligente). Al irrumpir, en cambio, en ese orden, tratando de manipular los hechos para que se den según nuestra voluntad, somos como el rígido albañil inexperto: nos autogeneramos dolor y desgaste.
Cuando era niña vivía en el campo, y cada tanto íbamos a Buenos Aires en tren. Recuerdo que llegaba muy cansada, pues, -desde mi lógica infantil-, yo hacía un gran esfuerzo para que el tren llegara más rápido: sin que nadie lo advirtiera, de a ratos empujaba con mis rodillas el respaldo del asiento que estuviera frente a mí... para sumar fuerza a la de la locomotora! A lo largo de mi vida me vi muchas veces empujando trenes, y como terapeuta he tenido que ayudar a otros a que advirtieran cuándo lo estaban haciendo. El truco es observarse en el día a día, y tener una consigna lista para decírsela a sí mismo:“Soltar!”. Entonces uno modifica su disposición (hasta muscularmente!): abandona la crispación, la sobre-intención, la compulsión a entrometerse en lo que acontece. Dice Alan Watts: “Wu-wei es el estilo de vida de quien sigue la corriente del Tao, y debe ser entendido como una forma de inteligencia, o sea, una forma de conocer los principios, estructuras y tendencias de las cuestiones humanas y naturales tan bien, que uno utiliza la menor cantidad de energía para ocuparse de ellas.”
Un surfista sabe cómo avanzar sobre las olas: no oponiéndose a la fuerza del agua sino, por el contrario, aprovechándola. El pájaro sabe cómo planear en el aire: siguiendo sus corrientes naturales. Cuando resistimos, generamos fricción con la vida. Y la única utilidad que esa fricción puede tener es, -si nos damos cuenta-, la de pulir nuestra conciencia para descubrir por sí mismo otra actitud posible: la danza del albañil. §
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“Visión Transpersonal 2008 ”:
(Junio 2008)
El desapego apasionado
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¡Cuánto mal puede hacernos entender mal! Y entender mal esta palabra podría conducirnos a desperdiciar lo mejor de la vida: “desapego” (en la Psicología del Yoga, Vairagya). Con frecuencia se la interpreta como “mantenerse al margen / no involucrarse emocionalmente”. Desde esta perspectiva, uno imagina su evolución cual si se tratara de andar por el mundo con sonrisa beatífica, movimientos gráciles y sin ser afectados por nada. ¿Y si no fuera así?
Te pido que imagines dos círculos concéntricos: el del medio representaría tu Esencia, (una porción del Todo que encarna para vivir la experiencia humana...). El periférico sería tu personalidad (los condicionamientos mentales, emocionales y corporales que vas adquiriendo en tu paso por el mundo). En la mayoría de las personas el eje de su identidad está desplazado hacia periferia: viven centradas en los dictámenes de su parte más externa, sin contacto con su real identidad. Pero quien trabaja sobre sí lo hace porque, consciente o inconscientemente, anhela que su eje retorne desde la periferia hacia el Centro: siente un Llamado desde su identidad originaria para que así sea!
Cuando ejercemos el desapego es como si pegáramos un salto hacia nuestro Centro, y reconociéramos íntimamente que no somos esa periferia: nuestros pensamientos ni nuestras posesiones, nuestras emociones ni nuestros hábitos, nuestro cuerpo ni nuestros roles. Entonces... ¿qué somos? Somos ese Centro. Cuando la muerte advenga, lo que morirá será la periferia: lo que está sujeto a las leyes del tiempo y de la materia. Desde nuestro Centro podemos ver que, en la periferia, todo es impermanente: cambian nuestro cuerpo, nuestras opiniones, nuestros vínculos, nuestros roles... Desapegarse es un acto profundo por el cual re-ubicamos nuestro eje en lo imperecedero, y podemos soltar lo impermanente, dejando que la Vida haga.
Cuando lo hacemos, lejos de volvernos fríos y distantes (como esa errada imagen del desapego), tomamos conciencia de que la vida es más bien un juego, y que esa enorme cantidad de energía que estaba retenida en el aferrarnos (a nuestros afectos, a nuestras opiniones, a la imagen de sí, a la juventud o a lo que fuere), al desapegarnos queda disponible para vivirlo todo con pasión (o, como dice la Psicología del Budismo, con vigor): nos comprometemos con la vida desde otro lugar nuestro, mucho más libre. Podemos, entonces, ejercer nuestros roles poniéndoles lo mejor de nosotros, pero sabiendo que no somos nuestros roles; podemos emprender actividades sin estar sometidos al éxito o al fracaso, porque lo que importará será la experiencia, más allá de sus resultados; podemos brindarle cuidado y afecto al cuerpo, disfrutando de él tal como sea, pues sabremos que no somos el cuerpo; podemos cultivar vínculos que integren libertado con compromiso, porque íntimamente sabemos que el otro es tan dueño de su libertad como lo somos nosotros mismos...
Quien transita desapegado por la vida y ha comprobado cuánto sufrimiento implica el aferrarse, marcha entusiasta, se involucra en acciones concretas para con su entorno, dejando el mundo un poco mejor que como lo encontró; vibra, completamente vivo, y sabe desde adentro algo fundamental: que su Esencia no encarnó para cumplir con las expectativas de otros; de modo que se entrega al momento sin auto-limitarse por el miedo a la crítica de los demás, y sin buscar su aprobación o su admiración. Cada uno de nosotros posiblemente ha vivido muchísimas vidas antes de llegar al hoy. ¿Tiene algún sentido limitar nuestro accionar por lo que otros vayan a decir, y así desvirtuar aquello para lo cual vinimos a este mundo? Desapegarnos del “qué dirán” es un acto de libertad fundamental. También es uno de los que más cuesta! Sin embargo, es sobre todo a partir de él que adviene la experiencia del desapego apasionado: porque estamos libres, y podemos aplicar nuestro vigor en lo que somos y hacemos. Ejercer el verdadero “entusiasmo”, palabra que viene de en-Teos= estar con Dios. Que así sea!§
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“Visión Transpersonal 2008 ”:
(Julio 2008)
El público de tu vida
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Los humanos somos una especie gregaria (¡aun aquellos introvertidos y solitarios!): necesitamos pertenecer, relacionarnos, dar, recibir... Este impulso tiene una honda raíz, ligada al instinto de supervivencia: estar en relación con otros no sólo implica mayores posibilidades de obtener lo que un individuo necesita para seguir vivo (afecto, alimento, cuidado si se enferma o si envejece...) sino que es a través de cada individuo que el instinto busca la perduración de la especie. De modo que, desde nuestro inconsciente más arcaico (o, si se quiere, desde la zona del cerebro que compartimos con otros animales), la posibilidad de ser excluido o rechazado activa alarmas que van más allá de la razón, como si ese hecho equivaliera a la muerte.
A medida que alguien se va individualizando, va logrando una creciente libertad respecto de este imperativo inconsciente: vivenciará la legítima necesidad de pertenencia, pero no por ello negociará aspectos vitales de su identidad para garantizársela. Sabrá que un individuo se deforma y se seca cuando su vida gira en torno de complacer a los demás. Igual sucede cuando en una pareja hay personas ajenas a la relación condicionando el vínculo: opiniones cruzadas, expectativas unívocas o contradictorias de parientes y amigos, observadores que aprueban o censuran... Hay parejas que mueren por superpoblación: ¡demasiada gente participando en algo que debía ser sólo de dos! Tanto en este caso como en el desarrollo de un individuo es necesario replantearse fronteras para dejar en claro qué aspectos de nuestra vida no son opinables.
Hasta tanto esto acontece vestimos distintos ropajes psicológicos para ser aceptados, temidos, respetados, admirados, reconocidos... Sin darnos cuenta, quedamos presos de tres mecanismos que nos mantienen dependientes de los demás: a) responder a las expectativas del entorno; b) oponernos a ellas (¡lo cual es más de lo mismo!); c) vivir pendientes de producir determinado efecto en los demás.
Vayamos al último punto: así como los políticos y los artistas mediáticos tienen asesores de imagen, en nuestra psique hay un mecanismo que nos hace invertir una gran cantidad de energía en procurar ser vistos de determinada manera y no de otra: necesitamos irradiar ciertos rasgos, que procuramos reafirmar con cada gesto, con el mensaje que elegimos para nuestro contestador telefónico, el tipo de ropa que usamos o el lenguaje que utilizamos al hablar o escribir... Ser visto como una persona sexy/sensible/transgresora/humilde/correcta/poderosa/servicial... o inclusive crear la imagen de que a uno no le interesa crear una imagen.
Pero, como le sucede al protagonista de la película “The Truman Show”, en algún momento es posible que emerja desde nuestra esencia una fuerza desconocida y a la vez familiar que nos invite a ejercer un liberador acto de renuncia. Sí: renunciar a querer controlar la opinión de los demás, a gastar energía en forzar nuestra real identidad para que nos vean como quisiéramos ser vistos, excluyendo para ello otros aspectos internos que también son parte nuestra. Querer sostener una determinada imagen implica esconder lo que no condice con ella. Ése es el interjuego que Jung denominó Persona (la imagen que queremos dar) y Sombra (lo que escondemos, reprimiéndolo). Cercenar una parte propia para responder a “nuestro público” equivale a cometer un suicidio parcial. Curiosamente, esto sucede con frecuencia también en el ámbito de lo que da en llamarse (a veces erróneamente) “lo espiritual”: en esta área suelen vestirse los ropajes que más autoengaños implican. Por eso aquel antiguo maestro Zen lo describió como un mecanismo en el que el Ego, al querer mostrarse sublime, “estando vestido se disfraza de desnudo”. ¿Cómo verlo? Entrenándonos en el arte de la observación. Y poniendo toda la pasión posible en descubrir nuestra propia verdad.
Cercenar una parte propia para responder a “nuestro público” equivale a cometer un suicidio parcial.
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“Visión Transpersonal 2008 ”:
(Agosto 2008)
La mancha... y la hoja
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Tal vez que era un monje benedictino o franciscano (pero podría haber sido zen, tibetano, o taoísta...). Yo era adolescente, y aunque mi colegio era laico y mixto estábamos participando de un retiro para chicas (un grupo humano con muchos conflictos de comunicación: chismes, críticas abiertas o solapadas, actitudes discriminatorias...). Desde mi introversión padecía muchísimo ese entorno. Un entorno que el monje supo captar al vuelo. En la reunión inaugural, nos invitó a sentarnos en fila en un amplio salón. Allí, haciendo absoluto silencio, nos miró a todas con una sonrisa apenas dibujada, deteniéndose en los ojos de cada una... Más silencio. Entonces tomó una hoja perfectamente blanca y una lapicera a cartucho, que desenroscó muy despacio. Apoyó la hoja sobre el escritorio y apretó el extremo del cartucho suavemente, hasta que una gota de tinta azul manó por la pluma, estampándose en el papel. Una vez seca, tomó la hoja, y, pasando por entre los bancos, nos preguntó a cada una: “¿Qué ves?”. La primera contestación fue: “¡UNA MANCHA!”. Como él asintió con su cabeza, esa respuesta se multiplicó hasta hacerse unívoca. Al terminar de preguntarnos a todas, dijo algo inesperado: “Suponía que responderían eso. Se equivocan: lo que ven NO ES UNA MANCHA. Es UNA HOJA MANCHADA.”
Sus palabras se imprimieron en mí de un modo indeleble. Porque también yo me posicionaba ante los demás poniendo el acento en su mancha... pero lo hacía para mis adentros! (Lo cual es casi lo mismo...) Ver sólo la mancha es ignorar el contexto: negar la completud del otro, lo que el otro es integralmente. Esa mirada nos hace perder de vista lo mejor de los demás (y, con ello, lo mejor de nosotros mismos!).
Como persona, pero también como terapeuta, tuve que aprender a expandir mi visión para procurar ver la hoja antes que sus eventuales manchas. Pues así como existe el etiquetamiento del otro en forma primitiva y cotidiana (tal como sucede en el chisme o en la actitud discriminatoria), hay algo más sofisticado, pero igual de nocivo, que se decora con conocimientos intelectuales: basta con saber algo de Psicología, Astrología, Tipologías o similares etcéteras, para poner la lupa en la mancha y dar un “diagnóstico autorizado”. Esto puede suceder, inclusive, en la consulta terapéutica: cuando el Psicólogo o el Psiquiatra sólo rotula “rasgos neuróticos”, “resistencias”, “mecanismos patológicos”, “actos fallidos” (o, en otros contextos, aseveraciones que responden a “percepciones intuitivas” de quien oficia como terapeuta... tanto o más peligrosas!).
Y, justamente, en “la hoja” que se ha perdido de vista están los recursos para que la supuesta mancha pueda ser disuelta, o bien incorporada como un rasgo funcional en la identidad de esa persona. La Psicología ha tendido a funcionar rotulativamente durante décadas, y así es como aún se entrena a la mayoría de los terapeutas en las universidades (con honrosas excepciones). La resultante está graficada en lo que me dijo una vez una paciente: “Mi analista, si yo llegaba a la sesión puntualmente me decía que era un rasgo obsesivo; si llegaba tarde, que saboteaba mi tratamiento; y si llegaba temprano, que tenía dificultades para manejar mi ansiedad”. Ay!
Es posible que cuando uno se mira a sí mismo también esté “mirando la mancha y no la hoja”; la consecuencia es tener una actitud “sospechosa” hacia todo lo que sucede dentro nuestro, como si un inspector de impuestos verificara la contabilidad interna, buscando dónde está el fraude (el síntoma, el error, lo no crecido...). Juzgarse o juzgar impide comprenderse y comprender. Nos vuelve estrechos, y afectivamente desnutridos, pues circulamos por la vida como con un detector de yerros y defectos instalado en las pupilas; así, la vida que uno vea será, inevitablemente, una tortuosa exposición de manchas, desarrollándose una ceguera especializada en hermosuras (las del otro, y las propias). La Madre Teresa de Calcuta lo dice de modo tan contundente!...: “Si juzgas a la gente no tienes tiempo de amarla”. §
Circulamos por la vida como con un detector de yerros y defectos instalado en las pupilas.
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“Visión Transpersonal 2008 ”:
(Septiembre 2008)
¿Como dos extraños?
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Hace años que se conocen: horas y horas de estar juntos y solos, entre cuatro paredes, tan cerca uno del otro... y sin embargo, se tratan de Usted. Si uno de ellos llora, el otro se mantiene serio, inmutable: ningún gesto de afectuosidad, de compasión... nada. Y si al que llora le brota la pregunta: “¿Ha Ud. vivido algo parecido?”, la respuesta será un pañuelo de papel y, a su vez, otra pregunta, que conserve las distancias: “¿Y a Ud. qué le parece?”. Antes de irse, el inmutable dirá algunas palabras, -no demasiadas-, a veces algo abstractas. Luego, bajarán en el ascensor, tiesos y en silencio, como dos extraños. Al llegar a planta baja se despedirán dándose la mano, formal e higiénicamente. Así, una y otra vez...
Ésta es la descripción aproximada de un vínculo terapéutico desplegado por quien sigue ortodoxamente la vieja Psicología. Me resulta extraño pensar que todavía haya terapeutas que trabajen así, y que muchas Universidades aún formen a sus alumnos desde ese paradigma. Sin embargo, también cada vez son más los terapeutas que se dan cuenta de que si no cultivan una relación afectuosa con su paciente, no podrán ayudarle. De modo que cabrán dos posibilidades: derivarlo a otro profesional... o dedicarse a otra cosa!
Desde los años ’60, la Psicología Humanista, y luego la Transpersonal, como otros enfoques afines, señalaron que en el encuentro psicoasistencial el terapeuta debe estar dispuesto a ser también transformado por su paciente: generar entre ambos una intimidad respetuosa que permita un recíproco crecimiento. El terapeuta está llamado a interactuar de modo cercano, auténtico... humano! Así, si cuadra, quizás llore con su paciente, o tal vez le dé un abrazo al despedirse, o al celebrar un logro, o bien le comparta algo personal que pueda serle al otro de enorme auxilio, (como diciéndole “Yo ya pasé por allí... Se puede!...”). Desde esta visión, el terapeuta sabe que el paciente también sabe, y confía en ese saber: le ayuda a parir los recursos de su propio Inconsciente. Oficia de pedagogo (ayudándole al paciente en su educación emocional y vincular), pero también de mistagogo: aquél que acompaña a otro, junto consigo mismo, hacia el misterio. El misterio de quien se es, del amor, del dolor, de la vida y de la muerte, de lo Sagrado...
¿Es peligroso que se dé esa afectuosidad en un vínculo terapéutico? Es más peligroso que no la haya! Sobre todo si, bajo ese “encuadre científico”, lo que sucede es que el terapeuta le teme al paciente: a la intimidad, a dejarse conmover por el otro, a ser visto. Creo que muchos diagnósticos sólo son mecanismos de defensa del terapeuta para, al rotular al otro, mantenerlo a distancia, con lo cual el paciente... “se enfermará de diagnóstico”! Sin embargo, desde un estilo emocionalmente comprometido, el terapeuta deberá entrenarse para aprender la justa medida, asistiendo sin agotarse en el dar: como si en cada sesión dializara psicológicamente a su paciente (tal como lo necesitan quienes no tienen plenas funciones renales), ayudándole a drenar toxinas afectivas; pero nunca, en cambio, deberá ser como si le transfundiera su propia sangre, pues poco a poco quedaría gastado, anulado... “quemado” (burn out). En el equilibrio estará la sabiduría... mas no en una gélida distancia!
Un buen terapeuta no es como una silla donde sentarse semanalmente a pensar: es como un andador, útil para que el otro se pare sobre sus propios pies, y camine por sí mismo. En ese andar, es posible que paciente y terapeuta se elijan mutuamente muchas veces a lo largo de la vida, si vuelve a hacer falta revisión, reparación, contención... En ese caso, el reencuentro seguramente será con un abrazo. Y si el paciente, luego de contar lo que le está sucediendo, le preguntara a su terapeuta “¿Alguna vez te pasó algo parecido?”, él tendrá el permiso interno de responderle afectuosamente: “Claro, hace ya tiempo! Veámoslo juntos...”. Y seguirán nutriéndose recíprocamente, durante otro trecho del largo Camino...§
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“Visión Transpersonal 2008 ”:
(Octubre 2008)
Los cuatro perdones
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Hay cuatro perdones con los que necesitamos trabajar para sanear nuestra vida íntima. Desde hace años mucho se habla básicamente de dos. Quisiera enunciar a los cuatro. Pero antes deseo aclarar que el perdón no es un acto: es un proceso. O sea: no es posible perdonar desde la voluntad; desde la voluntad lo que sí podemos es elegir cultivar ese proceso, sabiendo que si no lo hacemos una porción de nuestra vida permanecerá infectada, inflamada, y cada vez que algo la toque, dolerá.
No podemos, entonces, decidir “Te perdono”. Pero sí podemos decidir colaborar conscientemente con ese proceso. Este trabajo psicológico, sin embargo, es sólo una parte. La otra es que, a medida que sostenemos en el tiempo la intención de cultivar el perdón, algo nuclear de nuestro Inconsciente (nuestra Esencia, nuestro Sí Mismo) a su vez trabaja subterráneamente para que el perdón acontezca. Sí: la médula del perdón deviene de una instancia interna superior. Por eso se llama per-don: es un don que viene desde algo muy hondo (en inglés, forgive, siendo que to give no sólo es dar, sino también consagrar, o sea: con-sagrar). De manera que decidir perdonar implica disponerse a hacer, humanamente, nuestra parte en ese proceso, y también a pedir a esa instancia interna (como en una oración) que tenga a bien desplegar eso más sutil que, desde nuestro psiquismo limitado, no podemos ejecutar. Así, cuando el perdón adviene y sentimos la herida limpia, es porque muy dentro han convergido nuestro trabajo psicológico intencional y el trabajo de nuestro Sí Mismo (sin el cual el perdón no acontece).
Esto toma tiempo; y perdonar no significa aceptar que el dañador nos siga dañando, o que retorne a nuestra vida si lo hemos expulsado: implica que esa persona ya no ocupe tanto espacio dentro de uno. De modo que no se trata sólo de “ser magnánimo con quien nos hirió”, sino de des-enquistar al otro del enorme lugar que ocupa cuando una herida no ha cicatrizado. Ése es el primer perdón. Pero hay tres más.
El segundo es el que refiere a pedir perdón (tarea indispensable en el propio proceso evolutivo): revisar nuestra historia y el día a día, determinando a quiénes hemos lastimado. Por torpeza, por inmadurez, por ignorancia, por egoísmo... Una vez detectados a conciencia estos actos incisivos, será necesario ofrecerle al otro, -si aún es posible-, nuestro reconocimiento del error: ayudarle a que despliegue el proceso de su primer perdón, pues ese proceso es más fluido si el heridor se hace cargo de la herida frente al herido. Éste también es un acto liberador, ya sea que nos brinden la disculpa o no (y debemos estar preparados para lo último, con coraje y dignidad).
Del tercer perdón también se habla mucho: perdonarse a sí mismo por el daño causado a otros. Pero al cuarto no se lo menciona, y quiero destacarlo: en un momento de soledad, de quietud, a corazón abierto, pedirse perdón a sí mismo. Pues en muchos aspectos de nuestra vida hemos sido el heridor y el herido: nos hemos despreciado, nos hemos saboteado, nos hemos exigido hasta agotarnos, nos hemos expuesto al abuso reiterado de otros heridores, sin brindarnos cuidado ni afecto... (Incluiría en ello el pedirle perdón a nuestro cuerpo, pues con frecuencia ha sido lastimado por nuestras actitudes hacia él.) Si no nos disponemos a transitar este cuarto perdón, los otros tres por sí mismos no alcanzarán a cerrar los círculos abiertos, dado que cada uno de los cuatro perdones dinamiza el proceso de los otros tres, necesitándose recíprocamente. Pedirse perdón es un acto de amistad consigo mismo, tal como lo haríamos en el segundo perdón con cualquier ser querido. Y.. necesitamos ser para con nosotros mismos un ser querido! El único con el que conviviremos hasta el fin de nuestros días (y más). Recordando también que, como dijo el gran Jung: “Nadie puede relacionarse con otro mientras no se relacione primero consigo mismo”. Que así sea! §
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“Visión Transpersonal 2008 ”:
(Noviembre 2008)
La noche oscura del alma
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Creo importante decirlo: es errónea la idea de que quien busca un Sentido superior a su existencia viva por ello con el ánimo siempre en alza, pleno, con vínculos armónicos y felices... (Ése es un facilismo que algunos difusores de la New Agenos han vendido, y que genera mucha confusión.) O sea: si estás procurando trabajar sobre tu mundo interno, relacionarte con los demás sensiblemente, iluminar tus zonas menos crecidas, vivir de acuerdo a los mejores valores… será esperable que en algún tramo del Camino experimentes todo lo contrario de la “paz interior”. Quisiera enumerar los sentires de lo que San Juan de la Cruz llamó “la Noche Oscura del Alma”, -nombre que la Psicología Transpersonal tomó del misticismo para definir ese tránsito que atraviesa en algún momento quien busca acrecentar la conciencia de sí-: profunda tristeza, aislamiento, sensación de no ser comprendido y de no tener pares; falta de Sentido para el quehacer cotidiano; culpa por saber que uno “debería apreciar la vida”… y no poder hacerlo! (pues eso no depende de la voluntad…); desorientación y sed de comprender; indefinible sensación de amenaza; sequedad emocional, con indiferencia por lo que antes generaba placer o entusiasmo; anhelo de tener esperanza, y sin embargo no encontrar desde donde ejercerla; el derrumbe de creencias que daban consuelo y que son puestas en tela de juicio, no produciendo ya contención alguna… O sea: la sensación persistente de habitar en un “agujero negro”…
Las personas allegadas a quien pasa por este proceso suelen experimentar angustia, temor, a veces enojo porque el otro “ya no es como era”; algunos quieren “inyectarle entusiasmo” proponiéndole actividades… sin lograr devolverle el ánimo (lo cual a su vez les genera impotencia y frustración). Un alumno una vez lo expresó así: “Era como si me insistieran en que fuera al cine… y yo estuviera ciego! No comprendían lo que yo sentía…”
¿Qué le está pasando a quien experimenta esta Noche Oscura? Un especialista en trastornos del ánimo tendría que hacer el necesario diagnóstico diferencial, para discernir si podría tratarse de otro tipo de problema: depresión endógena, estados de pánico, trastorno por duelo suprimido…. Pero ese especialista debiera saber que también existe este otro trastorno del ánimo, que más que una patología es una metapatología, pues se trata de un proceso que va hacia una mayor integración, y no hacia una des-integración: quien lo vivencia está pasando por un período en que su trabajo sobre sí mismo (o alguna circunstancia externa) le ha generado un quiebre de estructuras internas, por el cual la persona que fue hasta ese momento ya no puede sostenerse, y ello está dando lugar a que puje para manifestarse desde adentro una identidad más esencial. A esa primera identidad resquebrajada las Tradiciones de Conocimiento le llamaron “el Hombre Viejo”: condicionamientos externos que con frecuencia no tienen mucho que ver con quienes realmente somos. En esa circunstancia, la Esencia (la porción del Todo que nos habita) reclama tomar su justo lugar. Como diría Jung, el Sí Mismo busca tomar el timón del barco y pegar un viraje de 180°. El costo psicológico de ese viraje es vivir esta instancia en la que ya no somos quienes fuimos, pero aún no somos quienes vamos a ser. Es como el momento en que uno se desviste para ponerse ropa más nueva: se está desnudo. Con ello, confundido y vulnerable. La buena noticia es que San Juan no le llamó el Pozo Oscuro sino la Noche Oscura, pues si se la transita con sobriedad, sin dejarse tomar por ella, comprendiendo la naturaleza sagrada de ese proceso (y con las ayudas que sean necesarias), lo que luego acontece es un Amanecer: el advenimiento paulatino de una nueva identidad. Retorna el Sentido, el contento, el entusiasmo (que significa en Teos = “estar con Dios”). Nor Hall enunció una frase que acompaña nuestra tarea cada día: “Asiste a aquellos que ya no están en donde estaban, y aún no han llegado hacia donde van”. De eso se trata. §
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“Visión Transpersonal 2008 ”:
(Diciembre 2008)
La queja estéril y la mente apreciativa
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Quisiera abordar un tema bien específico, pero partiré hablando de dos:
Primero: Existe un mecanismo psicológico denominado capacidad selectiva de la mente: por él es que si alguien se enamora de una persona que tiene un automóvil azul, ve coches azules por toda la ciudad a cada momento; o si una mujer se entera de que está embarazada, se cruza con más de veinte mujeres encintas en una sola mañana. ¿Son estos encuentros misteriosos? Generalmente NO: los automóviles azules y las mujeres embarazadas siempre están en la misma proporción, pero la mente de ESA persona está predispuesta a seleccionar de la realidad aquellos datos relacionados con lo que ha impactado su mundo interno: “recortará” lo que perciba, subrayando aquello que aluda a lo que le moviliza.
Segundo: Uno de los principales difusores del Zen en Occidente, D.T. Suzuki, utiliza una expresión muy interesante: Inconsciente adiestrado. Se refiere a que cuando alguien ejerce una habilidad practicándola con constancia diaria, llega un momento en que el Inconsciente la ejerce espontáneamente y en el acto, sin que ya medie esfuerzo alguno en hacerlo. (Aristóteles lo dijo de un modo poético: “El alma es más fuerte allí donde se ejercita”.)Por ejemplo, quien se entrena en percibir estéticamente (un fotógrafo, un pintor) irá advirtiendo en todas partes matices, formas... detalles que pasarán inadvertidos al ojo no adiestrado. O quien realiza prácticas de autoconciencia corporal, aunque no se lo proponga acabará viendo en los demás, con sólo mirarles, sus tensiones posturales y las huellas emocionales marcadas en sus facciones. Biológicamente esto se explica así: cuando nos ejercitamos en algo, poco a poco creamos una facilitación neuronal, es decir, vamos tejiendo conexiones neuronales que “se encienden” inmediatamente cuando un estímulo las requiere; ese tejido abarca millones de nexos, por un fenómeno que se llama “aprendizaje hebbiano”: lo que una neurona registra, lo aprenden a su vez sus vecinas (como si fueran copias de seguridad, mecanismo que es muy útil cuando hay un accidente cerebro-vascular, ya que las vecinas podrán recuperar información que pueda haberse dañado en las neuronas principales).
Bien, vayamos ahora a nuestro tema central: existe la posibilidad de que estos dos mecanismos, si no nos damos cuenta, nos funcionen en contra. ¿Cuándo? Cuando ejercemos la queja estéril, improductiva. Veamos: la capacidad de quejarse necesita estar disponible en cualquier persona sana, claro que sí; pero todos necesitamos aprender a ejercerla con eficacia, lo cual implica tomar acciones prácticas ante aquello que lastima, ofende, injuria, o va contra nuestros derechos. En ese caso, la queja necesita tener tres cualidades: claridad, contundencia y ser lo más específica posible, recordando que el objetivo de la queja resolver lo que aqueja. Fuera de eso, toda otra queja es parásita: funciona como esas pequeñas hemorragias internas generadas por las úlceras, que poco a poco van drenando sangre hasta generar anemia, o bien algo peor. Quien la ejerce ha puesto al servicio de ese hábito los dos mecanismos antes citados: va por la vida subrayando en su entorno motivos de queja y, por ende, se vuelve mecánicamente tan diestro en eso que en todo su cerebro va tejiendo una red de quejosidad. Si no se reeduca a tiempo, la queja se vuelve como una metástasis anímica, que todo lo abarca. Habrá desarrollado una anti-habilidad que sólo garantiza dos cosas: amargar la propia vida... y la de quienes le rodean.
¿Cómo reeducarnos? “Pescándonos” en el momento en que vamos a emitir una queja estéril, y elegir retenerla, tomando conciencia del automatismo. Si hace falta, escribirla: veremos cuántas quejas inútiles emitimos, que sólo fortalecen circuitos neurológicos de depresión! También puede ayudarnos el permitirnos diez minutos de catarsis quejosa por día... ante quien nos quiera soportar, o diciéndolas al aire! Y algo más: la Psicología Transpersonal toma del Budismo una expresión valiosa: desarrollar una mente apreciativa. Se trata de ejercer conscientemente el mecanismo contrario: estar a la pesquisa de lo bello, de lo valorable. La mente apreciativa no desdeña la queja: le da el lugar justo, para resolver lo que aqueja! Pero elije darle mayor espacio interno a la habilidad de subrayar aquello por lo cual vale la pena estar vivo. Una persona así, sin duda, se vuelve grata compañía, para sí misma y para los demás!
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